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lunes, 27 de febrero de 2017

A vueltas con las mates

Me gusta la educación y suelo darle vueltas a cómo enseñaría esto o lo otro, especialmente en ciencias. No se trata ni de criticar la labor de tantos buenos profesores como hay en los colegios ni de hacerse el listo. Darle vueltas a las cosas, cuestionarse lo establecido y sacar conclusiones es una buena forma de revisar y mejorar lo que hay.

El otro día estuve viendo con mi hijo mayor, a quien gustan las matemáticas, un "mapa de las matemáticas" que se puede encontrar en Internet:

Estuvimos revisándolo y le comenté qué parte ha estudiado y cuál llegará a ver en el colegio. El gráfico está dividido en cuatro partes: orígenes (conteo y numeración), matemáticas puras, aplicadas y fundamentos. Y me resultó chocante que gran parte de lo que se ve en el colegio son matemáticas puras:

Me pregunto si se podría cambiar la forma de enseñar para que se enseñe más parte de matemática aplicada que puras. O, al menos, enseñar las puras desde la aplicada y no al revés. Y no: no voy a sacar conclusiones en este post.

Es cierto que parte de la matemática aplicada se ve en otras asignaturas. Por ejemplo, en física se ven matemáticas, y un poco también en química. Sin embargo, la computación, que es una parte que divierte fácilmente y puede ser un buen punto de partida para estudiar algunas áreas de matemáticas puras, no se explota casi en absoluto. E igual pasa con probabilidad y estadística. Tampoco se trata el tema de teoría de juegos o el control de estados en ingeniería. Son matemáticas aplicadas muy entretenidas que se pueden enseñar sin grandes fundamentos de puras, pero desde las que se puede acceder a ellas.

Este post es, en definitiva, un pensamiento. Estaría muy bien probar cosas de este tipo. Estaría bien.

jueves, 19 de enero de 2017

Disfrutar del camino

A mis hijos eso de leer no les motiva mucho. A mí, cuando era pequeño, tampoco me gustaba. Recuerdo a mi madre y mi hermana insistiéndome en que leyese un libro infantil titulado "El búho que tenía miedo a la oscuridad". Jamás lo hice. Luego, siendo mayor, he leído considerablemente más. Y he disfrutado y aún disfruto, qué duda cabe. No me voy a meter en la importancia del amor a la lectura, pero sí en la forma de inculcarlo.

En el colegio de mis hijos ponen nota por hacer "fichas de lectura". Cuando leen un libro, rellenan una ficha. Deben hacer mínimo tres cada trimestre. Además, insisten a los padres que los niños deben leer, por lo que implica de cara a sus habilidades lectoras. El caso es que esta mañana hemos hablado de algo relacionado en el trabajo: premiar por llegar al final del camino cuando la meta es el disfrute del camino.

Si premias a alguien por llegar a Santiago de Compostela, lo más probable es que coja un avión. Si quieres que camine y deseas fomentar que disfrute caminando, seguramente el premio está mal diseñado. No habría que premiar por llegar, sino por andar. Con la lectura pasa algo parecido. Si se premia por rellenar una ficha, al final lo que se logra es lo que suele hacer mi hijo mayor: lee rápido, se entera más o menos y se quita de encima una tarea de clase. Lo único que se hace es reafirmar su idea de que es un peñazo que hay que pasar. Un trámite incómodo. Me parece que sería mejor dedicar menos tiempo a enseñar gramática en primer ciclo de primaria y hacer un poco de debate entre los niños sobre lo que han leído y lo que les gusta. Que cada ávido lector, que siempre los hay en clase, transmita la ilusión a los demás. Que les haga preguntarse por qué ellos no tienen esas vivencias y les genere el deseo de zambullirse en ese mar de letras que es un libro.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Educar en el error

Tiempos muertos: Cuando voy en el coche, cuando me acuesto y busco la forma de dormirme, cuando estoy esperando que algo compile, cuando voy solo de paseo a comprar. Tiempos muertos donde pienso en las cosas que hacer o, si ya las tengo pensadas, los temas que me gustan. Uno de ellos, el lector asiduo de mi blog lo sabe, es la educación, especialmente la pre-universitaria. Y ayer, dando un paseo, pensé...

Los grandes aprendizajes provienen de la repetición y el error. Los primeros, cuando son aprendizajes de memoria. Los segundos, cuando se trata de experiencia, esas conclusiones que luego aplicas cuando en la situación identificas un patrón que coincide con aquel en que cometiste el error. Y evitas el error, aplicando soluciones nuevas que, esta vez sí, funcionarán. Ese error ayuda, es positivo. Pero mi sensación es que todo error es penado en el colegio. Mis hijos ven el error como un fallo que se toman con mala actitud y, normalmente, veo lo mismo en los hijos de los demás. Más aún: yo recuerdo percibirlo igual hasta que me di cuenta de los grandes beneficios de equivocarse. Lo malo no es equivocarse: es equivocarse siempre. ¿Por qué? Porque implica que no sólo tropiezas, sino que además no aprendes.

Una de las cosas que más me gusta escuchar o leer en Internet son los "post mortem": charlas con las conclusiones de proyectos terminados, y normalmente fallidos, que los desarrolladores hacen para que la comunidad se beneficie de su experiencia. En mi empresa no hacemos post mortem. Cuando un proyecto termina tenemos el siguiente en cola y, en las prisas, mantenemos errores una y otra vez a lo largo de los años. ¿Cómo enseñar todo esto a los niños?

Creo que el "post mortem" es una herramienta poderosa. Y lo sería también para los niños si trabajasen en proyectos con objetivos específicos. Es uno de los diversos motivos por los que creo que las enseñanzas en el colegio deberían basarse en proyectos. No lo que ahora llaman "proyecto", que suele ser una temática alrededor de la cual reunir los temas (son proyectos para el profesor, más que para el alumno). Proyectos donde los alumnos, en equipo, deben aplicar lo que aprenden para lograr un objetivo concreto y medible. Y se les evaluará juntos según lo hayan logrado. Pero, además de evaluar qué tal aplicas los conceptos, es bueno evaluar qué tal aprendes de tus errores: debería haber un "post mortem" evaluable, de forma que los chavales sean capaces de obtener nota y percibir sus errores como una fuente de recompensas: una oportunidad.

...y ahí me quedé al terminar mi paseo.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Trabajo en equipo

¡Gran conversación hoy en el café! Bueno, han sido varias, porque a mi jefe le ha dado por cambiar drásticamente de tema, pero la chula ha sido la última: trabajos en equipo en el colegio. Me ha gustado porque, para empezar, mi hijo ha tenido que hacer dos trabajos "en equipo" cuya organización ha sido negativa y, para continuar, creo que es uno de los grandes defectos de la educación hoy día.

El proceso de organización del equipo en el colegio, cosa que normalmente ocurre sin supervisión del profesor, suele ser la siguiente: se divide el trabajo en partes, se asigna una a cada miembro del grupo y luego las unifican y alguien se come el marronazo de maquetar todo. Este último paso es opcional, lo que da lugar a que cada cosa tenga un estilo diferente, longitudes diferentes, calidad diferente y todo diferente. Al final, como le ha ocurrido a mi hijo, llega el profesor y les baja dos puntos porque claramente no lo han hecho en equipo. A mí, que se les bajen puntos por hacer un trabajo en equipo sin gestionarlo como un equipo me parece fenomenal, siempre y cuándo se les haya enseñado a hacer lo que se les exige, en este caso a organizarse como equipo. Lo dejaremos ahí, porque da para comentar mucho.

Creo que los trabajos y toda la actividad de aplicación de conocimientos del colegio debe hacerse en clase. La teoría fuera. A mí, que los niños reciban la lección bajo mi supervisión me da lo mismo, porque es teoría: lo que quiero que aprendan es a aplicarla. Así que esto último, la aplicación, es lo que quiero que hagan en clase. Por eso soy un ferviente partidario de la clase inversa: a casa vídeos explicativos y en clase puesta en práctica, incluyendo los trabajos en equipo. Esto implica tener a su disposición medios para informarse, acceder a Internet y mirar lo que uno necesite.

Para mí, la clase ideal implica una mesa de cuatro, alrededor de la cual se organiza el equipo, con un dispositivo para buscar información en Internet. El profesor rula por el aula viendo cómo los chavales se organizan y ayudándoles en este sentido. Para eso, claro, deben tener formación, que no se les proporciona. Los chavales aprenden a organizarse y a trabajar juntos. Redactan, escriben, ponen en común y buscan en común. La división de tareas no es mala: todos hacemos algo parecido en el trabajo. Lo malo es que sólo haya contacto entre los miembros al principio (para el reparto de tareas) y al final (para la puesta en común). El contacto y la puesta en común han de ser continuos. De esta manera, se sabe que el trabajo lo han hecho los niños (no los padres), se sabe quién participa más o menos (uno de los grandes temores en todo trabajo en equipo para casa), se ayuda a los niños a lo largo del proceso y se puede evaluar correctamente.

El trabajo en equipo es una de las asignaturas pendientes en el colegio y, curiosamente, no sólo por cómo se ejecutan, sino por su cantidad: la mayoría del trabajo debería ser en equipo, porque en la empresa la mayoría del trabajo lo es. Solemos pensar que para preparar a los chavales para el entorno laboral está la universidad, pero eso es mentira: todo el proceso formativo debería orientarse en este sentido. No en exclusiva: evidentemente hay que formarles en otros aspectos, pero esa orientación profesional debe empezar en el colegio.

Sigo preguntarme cómo es posible que haya personas que se ganen la vida formando a trabajadores en "habilidades personales", que todos sabemos que son útiles en todos los aspectos de nuestra vida. Eso debería enseñarse en el colegio. Los niños deberían salir del colegio sabiendo trabajar en equipo, hacer presentaciones, orientarse a objetivos o negociar. Para eso los profesores tienen que formarse y, ¡oh problema! teniendo una mujer maestra, no veo que se formen en eso en absoluto.

Sólo con ese cambio, sin meterse en asignaturas ni currículos ni programas educativos, ya generaría una mejora sustancial en el nivel educativo.

Ay... Cómo me gustaría ser profesor en el colegio.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Radiación en el colegio

Ayer, hablando con mi hijo sobre el calor, comenté algo sobre la "absorción de la radiación" o algo por el estilo. Y me hizo un comentario curioso que me hizo sospechar que había un malentendido por algún sitio: un problema de disparidad de conceptos entre lo que él entendía por "radiación" y lo que yo entiendo por "radiación". Al preguntarle quedó patente que en el colegio le han enseñado el significado que, estando bastante extendido, es muy incorrecto y lleva a mucha gente a creer cosas que no son.

Ya he hablado sobre el tema en algún post y, creo, también en Sheldonadas, otro de mis blogs: la radiación no tiene por qué ser dañina. Hay radiación ionizante, que sí lo es, y radiación no ionizante, que no lo es. La luz es radiación. Y el calor. Y el sonido. Hay radiación electromagnética, acústica, de partículas... Y, con toda esta radiación, mi hijo sólo "sabe" que es dañina.

Que la gente tenga ideas equivocadas es a veces inevitable. Pero que el colegio sea parte de la generación y mantenimiento de equívocos tiene miga. Se supone que las personas que trabajan ahí tienen conocimientos suficientes de lo que enseñan. Y se supone que, en cualquier caso, los libros de texto poseen contenidos que son correctos. Claro, que teniendo el libro de "naturales" de mi hijo, en su primera página, un dibujo del Sistema Solar con un inexistente "cinturón de Kepler", pues... No sé yo. Y sí: son erratas. Pero oye... Hay erratas y erratas. Y los libros de texto no son el mejor lugar para tenerlas, máxime cuando son conocimientos que no cambian tanto como para que nadie se dé cuenta a lo largo de las ediciones.

En fin, que me ha sorprendido, simplemente. Ya sé que las cosas son así. Sé que no hay sistema perfecto. Pero caray... Me da la sensación de que, sin mi apoyo en casa, mis hijos acabarían cometiendo los errores que en Sheldonadas suelo denunciar.

¡Ay, la educación! Ese tema.

viernes, 28 de octubre de 2016

Reactivando mi vida

Dije que no escribiría en un mes y, salvo cierto post puntual, así ha sido. No me planteaba que fuese un mes exactamente, pero acabo de ver la fecha del post en que lo dije y sí: un mes y un día, oye. Qué puntería.

Se me ha pasado rápido, y no tengo claro que haya resuelto el 100% de las cosas que necesitaba solucionar en mi cabeza, pero bueno... Voy arrancando de nuevo. En general, estoy contento. Echo de menos, eso sí, más acción social. Echo de menos dedicar algo de tiempo, de ese tiempo que no tengo, a echar una mano en campos que considero importantes o de mi interés. Uno de ellos es, todo lector de este blog lo sabe, la educación en computación. En general, en cualquier ciencia o tecnología, porque me parece que no se enseñan bien, pero en computación especialmente. Y, además, me gusta promover la igualdad de género, porque la mujer, nos guste o no, sufre cierto grado de discriminación hoy día.

Así que la causa de enseñar a niñas a programar me atrae muchísimo. Por eso sigo las actividades de iniciativas como Girls make games o Girls who code.

En Estados Unidos, he leído repetidas veces, las niñas comienzan a decantarse por otras disciplinas en la adolescencia. Lo trágico es que, entre sus motivaciones, está que piensan que los chicos lo hacen mejor y que no está bien visto entre sus compañeras. Muy triste, ¿no? Yo pensaba que eso era sólo por allí, al otro lado del charco, pero resulta que hoy leo en El Mundo que aquí también pasa. Me he sorprendido y preguntado a mí mismo si iniciativas similares a las antes citadas podrían llevarse a cabo en España. Supongo que sí. Y... ya. Punto.

Digo yo que todo el mundo esperaría ahora por mi parte un "venga, va, me voy a poner". Pero soy el tipo de persona que en una iniciativa de ese tipo puede resultar muy útil, pero no del que las empieza. No sabría cómo, ni montar eventillos, ni campus, ni enfrentarme al problema de la falta de material o financiación... ni mucho menos vender la idea. Yo, por ganas, me plantaría en el AMPA o el colegio y les propondría hacer talleres para ellas, las niñas adolescentes. Pero venderlo me cuesta, este colegio es de decir "no" a todo y yo qué sé... Supongo que acabaré mencionándoselo a alguien.

Que las niñas puedan dedicarse a lo que les guste, saberse tan buenas como los chicos y mandar a la mierda a las estúpidas que creen que la tecnología es de tíos creo que merece, aunque sólo sea, comentarlo.

sábado, 6 de agosto de 2016

Poniendo las críticas en contexto

Esta entrada es la número 100 de Incasequible. Impresionante. Pero bueno... no es el tema.

Yo soy el primer crítico con el sistema educativo en España. Creo que tiene que cambiar. DEBE cambiar. Más nos vale que lo haga. Me parece caduco. Sin embargo, también creo que comparándonos con otros tratamos de llegar a un punto del que los demás están saliendo. Comparamos nuestro sistema con el de Finlandia cuando ellos están reformando el suyo porque le ven problemas. Comparamos nuestras universidades con las estadounidenses cuando hoy hay críticas sobre su funcionamiento como entidades socialmente responsables. Yo soy el primer crítico con nuestra educación, pero me empieza a dar la sensación de que esto se va tornando de crítica constructiva a conjunto de comparativas facilonas fuera de contexto.

Esta misma semana mi padre me pasó un artículo sobre los porqués del éxito de Stanford. Las conclusiones son que allí enseñan de otra manera y los profesores son evaluados para potenciar la calidad de la enseñanza. Y bueno... Estoy seguro de que es así, y soy fan absoluto de la reforma educativa, la revisión constante de los funcionarios y otras cosas... pero compararnos con Standford no me parece justo. Cuidado: el artículo no pretende ser una crítica destructiva del sistema español. De hecho, en cierto modo, al final dice que podemos sacar pecho.

En Estados Unidos hay universidades públicas y privadas. Las mejores son las privadas. No lo digo yo ni trato de alegar a favor del modelo privado: es lo que dicen los famosos rankings de calidad. Harvard, Stanford, Yale... Todas privadas. Y caras. Muy caras. Sé que suena a excusa, pero creo que comparar una universidad como Harvard, con un presupuesto anual de 4000 millones de euros, con la Politécnica de Madrid, una de las mayores universidades de nuestro país, con menos de 100 millones y casi el doble de alumnos es una mierda. Así, como suena. Una mierda. Podrá argumentarse que el rendimiento que se obtiene por euro en cada una difiere enormemente: la UPM tiene problemas serios de gestión y la enseñanza universitaria española en general también. Pero pensémoslo... Esos chavales dicen en el artículo que la formación con la que han llegado de España "es buenísima". No sé si se dan cuenta, pero la UPM saca adelante una buenísima formación para el doble de alumnos que Harvard con 40 veces menos presupuesto. ¡40 veces! No creo que la admiración sea suficiente... ¡CUARENTA VECES MENOS! ¿De verdad alguien cree que la UPM saca menos rendimiento por euro que Harvard?

Tal como dice el artículo, habría que evaluar a los profesores y echarles a la calle si no sirven. Así es. Correcto. Pero claro: luego hay que buscar profesores mejores. Allí pueden ofrecer un puesto a un Nobel sin pensárselo y aquí habría que coger, iniciar un proceso de admisión, el tío tendría que entregar papeles... Vamos, que soy yo un Nobel y sólo por el proceso mando a freír puñetas a la universidad española. No nos engañemos: no es lo único que ocurre. Harvard dedica nada menos que el 50% de sus gastos a personal, especialmente profesores, de los que tiene casi tantos como la Politécnica. ¡Con ese presupuesto! Dos mil millones al año en personal. En España, todas las universidades juntas gastan cinco mil. En toda España. Así que los buenos profesores, los que investigan, publican y tienen reputación suelen irse. Triste, pero real. Aquí les ofrecen una cátedra por una quinta parte que allí y una décima del presupuesto en investigación. ¿Ustedes se quedarían?

Esto no quita para que nos fijemos en sus modelos y cojamos lo mejorable y aplicable. Por supuesto. Pero las críticas habría que hacerlas en contexto. La universidad española no está nada mal, pero necesita serias mejoras para ser competitiva. Sobre todo, hay que mejorar las relaciones, tanto con empresas como con los ex-alumnos.

Para que nadie me tache de pro-privadas, mencionaré la mejor universidad pública del mundo, según muchos: La Universidad de California, Berkeley (UCB). Hay 10 "University of California" (todas públicas), a las que se añade el nombre del campus, en este caso, la situada en Berkeley. Otra es la famosa UCLA (el campus de Los Ángeles) que, curiosamente, es la segunda pública mejor del mundo. UCB es la séptima mejor universidad del mundo (entre públicas y privadas) y UCLA la décimo quinta. No está NADA mal. Parece que el sistema público californiano funciona. Aunque claro, UCB tiene 8000 millones en su "bolsa de donaciones".

Comparar en igualdad de condiciones, habida cuenta de las diferencias tributarias y organizativas que hay entre España y otros estados, es difícil. Pero debemos ser conscientes de todo lo que hay cuando criticamos y comparamos. El sistema español debe cambiar, pero si no tenemos claras las ventajas e inconvenientes no sólo propios sino también ajenos, corremos el riesgo de transitar a una gran chapuza. Aparte de eso, criticar continuamente acaba generando una actitud a la defensiva en los profesores que, no es por nada, en muchos casos (los buenos) se tienen ganado el cielo formando a los profesionales españoles con ese presupuesto.

viernes, 24 de junio de 2016

Replanteándose la educación más básica

Hace algún tiempo estuve revisando la historia del hombre: su evolución y su desarrollo tecnológico y cultural. Ha pasado mucho tiempo desde el primer homínido hasta hoy. En este tiempo, millones de años, nuestra fisionomía, cerebro, cultura y costumbres han evolucionado enormemente. Lo que me ha hecho pensar ha sido el hecho de que, según he leído, "un estudiante de hoy sabe más del mundo y el universo que cualquier gran mente de hace un par de siglos". Y es cierto. Hoy sabemos mucho pero, además, hay mucho que consideramos que es básico conocer.

Y de ahí este post, que no es de conclusiones, sino de preguntas. Muchas preguntas.

Y la primera es: si consideramos que la educación básica (primaria y secundaria, por poner), es tan extensa como para saber operaciones relativamente avanzadas, historia con cierto detalle, análisis sintáctico, fundamentos de física y química, capitales del mundo, nombres de ríos que no veremos en la vida... ¿Qué puñetas no es básico? ¿Quién establece lo que es básico? Supongo que expertos en el tema. Un matemático hará el programa de matemáticas, ¿no? Entonces, ¿hasta qué punto el matemático no cree "básico" algo que lo es en relación con el conocimiento completo de matemáticas, que es lo que él conoce? Yo considero básico en mi profesión algo que puede que quien no se dedique a la programación no vaya a usar en la vida. ¿Es eso realmente básico?

Y digo yo, ¿qué es "básico"?

Concibo la educación "básica" como aquella que nos proporciona conocimientos que debemos saber, porque hay una alta probabilidad de que vayamos a necesitarlos a lo largo de nuestra vida. Y, desde luego, algunos más conviene tenerlos aunque sólo sea para poder entender lo que otros hacen. El caso es que muchas veces leo a gente opinar sobre la educación en disciplinas concretas, como técnicas, y lo hacen en forma de "hay que promover la ingeniería entre los jóvenes". Entonces, ¿no estarán los expertos asesores cayendo un poco en "enseñemos más de lo nuestro para promover que los chicos lo conozcan y se metan en nuestra carrera"? ¿No habrá, además de un exceso de creencia de que nuestro campo de conocimiento es más importante que los demás, una tendencia a pensar que es bueno que los jóvenes sepan lo que hacemos y hagan lo mismo que nosotros? Algo parecido a los padres del s.XIX, que siempre querían que sus hijos hiciesen lo mismo que ellos.

Mi hijo mayor tiene ahora mismo la capacidad mental que permite a cualquiera hacer videojuegos. Le falta experiencia. Mucha. Pero capacidad mental tiene. A mí me cuesta enseñarle todas las semanas, porque el tiempo no me sobra. Una pena. Si mi hijo tuviese 100% claro que quiere programar juegos, ¿estaría justificado que su campo de estudio estuviese fundamentalmente orientado a eso? Problema: creo que hasta los 20 años ninguno lo tiene ni medianamente claro. Entonces, no enfocamos más el estudio hacia una disciplina u otra, ¿porque creemos que no tienen un cerebro lo suficientemente desarrollado, porque creemos que les faltan aún muchos conocimientos básicos o porque aún no saben lo que quieren?

Mi hijo de 10 años sabe de todo. Y, aunque nos parece que saben poco, porque nosotros sabemos más, la realidad es que, a poco que repasemos sus libros nos daremos cuenta de que mucho de lo que ahí aparece lo hemos olvidado o lo recordamos según lo leemos. ¿Eran cosas básicas? ¿Cuál sería la consecuencia de que no estudiasen todo eso? ¿Cuál sería la consecuencia de que nosotros no lo hubiésemos estudiado? ¿Pretendemos poner todo eso para que, sacando un 5, sepan lo realmente básico? ¿O es que en el s.XIX inventamos un sistema de enseñanza y, según aprendimos más, hemos ido añadiendo y añadiendo materia sin replantearnos que igual estamos dando por básico cosas que no lo son tanto?

Igual el tema es que creemos que nuestra disciplina es la más importante, cuando no lo es. Igual pensamos que, si un adolescente no sabe lo que para nuestro campo de especialización es básico, pese a que no lo sea para la vida, es un ignorante. Tal vez, sólo tal vez, el ser humano no está preparado para elegir su camino de manera fiable hasta los 20 y, hasta entonces, necesitamos tenerles ocupados porque tenemos que trabajar. Así que está bien que aprovechen y aprendan lo básico, lo que no es tan básico y lo que nos gustaría saber a nosotros, ya de paso. Puede que no queramos que hagan lo primero que se les ocurre por miedo a que luego cambien.

En definitiva, y ya sé que dije que no sacaría conclusiones, lo que tengo claro es que hasta lo más dado por seguro es hoy replanteable en educación porque, a poco que lo pensemos, es un sistema de 200 años, y en estos dos siglos ha cambiado todo tanto que algo de diseño tan antiguo ya no puede funcionar. Ni de guasa. No los programas o asignaturas, no: lo básico y fundamental.

Igual habría que reducir la jornada de estudio puro de los chavales, reducir "lo básico", y hacerles explorar más. Igual habría que ir concentrándose más en estudiar a cada niño y lo que le atrae y motiva, para guiarle pronto a algo que realmente le guste, que a revisar si sabe o no sabe cosas que luego olvidará para siempre. Igual el sistema debería ser más flexible y estar más enfocado a estudios para adultos trabajadores, para permitir que sea fácil cambiar, por si nos equivocamos; por si la tecnología avanza y necesitamos aprender más. Igual hay que enseñar lo "realmente básico" los tres o cuatro primeros años de infantil, aumentando las horas de juego para, luego, olvidarse de generalidades y empezar a orientarles a estudios más avanzados de disciplinas que se enmarquen en lo que van a ser de mayores, porque sabemos qué es lo que le gusta, permitiendo con ello una mayor especialización durante más tiempo.

Suelo pensar que lo que hay es por algo y, normalmente, es fruto de una evolución que tiene sentido. Pero hay ocasiones también en que replantearse lo más fundamental viene bien y lleva a revoluciones extraordinarias: puntos de inflexión en la historia. Me pregunto, para terminar, cuál de las dos opciones es la que debería aplicarse a la educación tal como la conocemos.

miércoles, 15 de junio de 2016

Clases sociales

Hace unos meses, acudí con mi hermana a una universidad, tipo escuela de negocios privada, de ésas cuyo nombre son siglas llenas de ies, es, enes y algunas eses de vez en cuándo: ESINE, IESE, INASE, EINES, TROLOLO... Igual da el nombre que tuviese. Era el día de puertas abiertas, y durante dos horas y media bombardearon a los padres con argumentos por los que estudiar en su universidad es bueno para sus hijos. Razones no les faltan: Pocos alumnos por aula, años de experiencia, un alto porcentaje de doctores, profesores que están en grandes empresas privadas, muchas charlas de emprendedores y gente experta, bolsa de trabajo con menos de un 7% de paro al terminar, fondo de inversores para crear negocios, fomento del emprendimiento, 18º mejor MBA de Europa... La pera, vamos.

A mi lado teníamos a una señora repuesta con su niño de pinta más que pija, cuyo padre llegó al rato muy trajeado y con el móvil en la oreja. El mismo móvil que le hizo salir y entrar tres o cuatro veces de la sala no sin antes molestarme para dejarle pasar. Y así era todo el mundo. Estaba en mundo-pijo, para entendernos. Me resulta chocante la idea de pensar en mi sobrino estudiando ahí, porque de pijo no tiene un pelo, pero la experiencia puede ser formidable.

Conduje de nuevo hacia casa pensando y, por la noche, examiné tranquilamente en el sofá toda la documentación que me habían entregado. Y me pregunté: "¿qué probabilidad tiene un chaval de algún barrio de clase media o media-baja, de estudiar en un centro como ése?" Mis conclusiones fueron terribles.

Para estudiar allí hay que tener dinero o ir becado. Una de dos. Si eres de clase social media-baja no tienes la pasta, así que necesitas ir becado. Visité la web de esa universidad para ver si disponen de becas. Y sí: así es. Una para discapacitados y otra para personas que necesiten ayuda financiera. ¡Aleluya! Tienen becas de... ¿un 15%? ¡¿de un 15%?! ¡Un 15%! ¿En serio? Si la carrera me cuesta 6000 euros al año, ¿de verdad creen que 900 marcan una gran diferencia? Sin duda, no es solución para gente sin muchos recursos. Por último, tenían un enlace a la web del Ministerio. Si no me he informado mal, estas últimas son de 1500€ máximo. Están pensadas, como es de esperar, para acceder a estudios baratos. ¿Públicos?

Luego está el problema del desplazamiento. Colegios hay en todas partes. Universidades no. Así que para encontrar un buen colegio igual tienes que moverte un poco, pero para encontrar una universidad privada te tienes que ir a zonas de alto nivel económico. O sea, lejos de las clases medias y bajas. Ir todos los días a una escuela de negocios que está en el quinto pino es un obstáculo que, al final, tienen de manera especial los de siempre.

El problema no es sencillo, pero creo que todos tenemos claro que requiere, para empezar, de tres cosas: cambios legislativos, estabilidad legislativa y financiación. Sin eso, que no tiene pinta de tenerse a estas alturas, no hay tu tía. Ni en educación superior ni en la básica. Una vez conseguido eso, hay modelos en el extranjero que son enteramente públicos y otros enteramente privados. No creo en esa discusión tonta y antigua sobre si todo tiene que ser así o asá. Lo de la "educación pública de calidad" es precioso, pero nada fácil de lograr. Yo creo en la libertad y en que ambos modelos pueden coexistir. Pero, se haga como se haga, debo decir que no es en el chico de barrio pudiente en quien hay que pensar: sus padres tienen recursos para darle lo que necesite, ya sea aquí o más allá de nuestras fronteras. Es en el del barrio humilde. El problema de esos chicos es el que hay que arreglar.

Ahí es donde se forja la igualdad, más allá de la sanidad, la defensa, la economía e, incluso, los derechos civiles. Es en la educación de quienes tienen menos. Porque, lograda ésta, esos jóvenes convertidos en adultos tendrán la oportunidad y las herramientas para forjar una sociedad mejor.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Eterna discusión: videojuegos y violencia

Hace un tiempo vi el DICE Summit de este año 2016. Tras un excesivamente largo y soso discurso del Presidente de la Academia de Artes y Ciencias Interactivas, comienza una charla donde ponen, nada más comenzar, un extracto de un programa de 2012 donde Penn Jillette defiende los videojuegos cuando alguien trata de argumentar que jugarlos tiene que ver con una de las últimas matanzas estudiantiles de Estados Unidos. Hablamos, claro, de "Call of Duty". He aquí el vídeo (en inglés):

La matanza a la que se refieren es la de la Escuela Elemental Sandy Hook, en Connecticut. Un chaval de 20 años entra en ella y dispara contra los niños y los profesores, matando a 20 menores de 8 años y 6 adultos. Realmente trágico.

El chico que perpetró la matanza jugaba a "Call of Duty". También tenía diagnosticados varios problemas psiquiátricos, pero eso no parece importar tanto. Prácticamente todos los chavales que han entrado en un colegio y han tiroteado alumnos y profesores, que han sido varios en Estados Unidos, tenían, como mínimo, problemas psiquiátricos, especialmente relacionados con la empatía y socialización. Sinceramente, creo y a poco que todos lo pensemos podemos considerar, que esos problemas son una fuente más factible para esas tragedias que "Call of Duty". Pero supongo que decir eso provocaría las críticas de pacientes que los tienen y de asociaciones diversas diciendo que "no por tener esta enfermedad somos unos asesinos". Y es verdad.

Las matanzas en colegios se remontan a tiempos muy anteriores a los videojuegos, incluso al cine y la televisión. Se puede encontrar una lista en Wikipedia. Eso, claro, y siendo crítico, no quita para que algunos de los últimos autores de masacres escolares hayan sido jugadores de, no ya videojuegos, sino FPS (género de pegar tiros, tipo "Call of Duty" o "Doom").

La cuestión es, ¿generan los videojuegos actitudes violentas? No soy un experto, pero por lo que he visto y leído, sumado a echarle un poco de sentido común, me hago una idea.

En primer lugar, shooters hay muchos. Desde los más hardcore, tipo "Doom", en plan "sangre, sangre, sangre" a los más light, como "Splatoon", donde disparas pintura. Los primeros no creo que sean buenos para niños de corta edad. Y creo que todos podemos estar de acuerdo. Evitarlo es cosa de los padres. Los simplones y sin sangre ni muertes, como "Splatoon" no hacen daño a nadie.

En segundo lugar, insisto, hablamos de gente con problemas mentales. Si un enfermo mental se pone a atropellar a gente, dudo que la prensa se ponga en modo anti-coches: se preguntarán por qué han dejado conducir a ese tío. Pues los videojuegos igual. No entiendo que a un chaval sociópata medicado o con un perfil depresivo o lo que sea que tengan le dejen ponerse a jugar a un shooter violento. Pero aquí sí: se critica al videojuego. ¿Por qué? Porque es algo que no se ve como útil, algo que no está en la vida de quienes critican y a lo que no tienen ningún afecto. Pero, en el fondo, la situación es idéntica: no des a quien no puede tener un mínimo de responsabilidad porque tiene una enfermedad mental medios para que su cabecita empiece a generar problemas.

Y, siendo padre, entiendo que mi responsabilidad es, precisamente, controlar eso. ¿Tu hijo tiene un problema de ese tipo? Ayúdale. Ponerle delante de un monitor a matar, matar y matar no es precisamente lo más responsable, ¿verdad? Ni lo es ponerle frente a la televisión a ver "Gladiator", que enseña bien de sangre, no digamos una de Tarantino.

Así que dejémonos de criticar lo que desconocemos y vayamos a la razón de las cosas. El problema en toda esta historia, y no es un problema sencillo, es que hay gente con ciertos problemas que no reciben el apoyo ni la supervisión requerida por parte de quienes les rodean. Si ya me asombro cuando viene mi hijo de 8 años diciendo que sus compañeros juegan a "Call of Duty", lo que me parece por parte de sus padres una completa irresponsabilidad, no digamos si en vez de un niño de 8 años es uno de 20 con problemas psiquiátricos.

Quiero suponer que los médicos que tratan a estas personas advierten a sus padres de lo que no deberían permitir (como dejar que perciban cierto grado de violencia, sea en una película o un videojuego). También me encantaría suponer que los padres de este mundo saben a qué juegan sus hijos. Por desgracia, esto último tengo comprobado que no pasa. Resulta curioso cómo las AMPAs y Cuerpos de Seguridad dan charlas en los colegios sobre seguridad en Internet, para proteger a sus hijos de lo que hay ahí fuera, pero, como nos creemos que nuestros niños, hagan lo que hagan, son perfectos, nadie da charlas a los padres para que conozcan los videojuegos a los que juegan sus niños.

Y sirva un ejemplo. En una charla de padres con la tutora de uno de mis hijos surgió el tema de que los niños no eran respetuosos unos con otros. En concreto, una madre mencionó que repiten mucho un adjetivo que a ella le molesta especialmente: "pringao". Hablando del tema con un padre, resulta que se mostró de acuerdo. Cuál sería mi sorpresa al escucharle, cuando su hijo sé perfectamente que es un lector de la serie del "Diario de Greg", cuyo primer volumen se titula "un pringao total". Y me pregunto: ¿ese padre sabe lo que lee su hijo? A mí me da igual: creo que los de Greg no son malos libros, aunque preferiría otros. Pero claro, si no estás de acuerdo con algo que estás dando a tu hijo, la cosa tiene miga.

Entender lo que nuestros hijos consumen es importante. Hay padres obsesos del ejercicio que hacen sus hijos, los hay de lo que comen, de lo que aprenden cada día... Pero luego hay muchos que van a Game y miran la caja de del videojuego que les ha pedido su hijo como si mirase una obra literaria en japonés, preguntándose qué será eso, y van y se lo compran. Con dos narices. Porque sus compañeros lo hacen. O porque su hijo dice que sus compañeros lo hacen. Pero oye, pensará el padre que su hijo está bien educado, por no decir que es perfecto, y sabrá lo que consume.

Con dos narices.

domingo, 15 de mayo de 2016

La utilidad de lo que se aprende

Lo he dicho muchas veces: no me gusta la forma de enseñar ciencias en el colegio. En el colegio se enseña mucho y mal. Es una opinión. La mitad de las personas que trabajan conmigo no recuerdan ya la mitad de la química que aprendieron. Ni formulación ni nada de eso, por supuesto. No digamos las leyes de la termodinámica. Ni papa. Prácticamente ninguno. Y me rodean, en su mayoría, ingenieros.

Todos coincidimos en que se aprende en el trabajo: la Universidad enseña mucha teoría, pero de práctica nada. Y, al final, las cosas se aprenden con el uso. En programación, por ejemplo, cualquier lenguaje se aprende usándolo. El primer día tienes al lado la documentación, donde tienes que buscar, cada vez que necesitas usarla, cómo se escribe la función de contar elementos de una lista. El segundo día ya recuerdas esa función, pero no otras. Al mes, abres la documentación sólo cuando necesitas mirar algo, pero en general no te hace falta mirarla. Al año eres un experto en ese lenguaje.

Así se aprende, de verdad, todo. Desde formulación a leyes físicas, pasando por Pantones, lenguajes de programación o diseño de circuitos electrónicos. Pero no es así como enseñan en el colegio. La razón es que necesitan meterte mucha materia en poco tiempo para cumplir con los objetivos.

El sistema tiene ventajas, por supuesto: si no, no se haría así. La gran ventaja es que, por mucho que no nos dediquemos a algo, todo nos "suena". Nos hablan de cosas de química y algo nos ha quedado, lo mismo que de otras disciplinas, como historia (que, por cierto, tampoco me gusta cómo se enseña). La desventaja es que lo que nos suena es menos de la mitad de lo estudiado, así que... ¿realmente compensa enseñar así cuando el aprovechamiento del tiempo es inferior al 50%? Muy inferior, diría yo.

¿Cuál es la alternativa? Cuando, en el siglo XIX, se diseñó el sistema educativo actual, los alumnos no tenían capacidad para obtener información. La obtención de esa información era el problema clave. Así que tiraban de libros. Y más no se podía hacer. Punto. Tienes tiempo, ¿a qué lo dedicas? Pues a leer un libro-resumen de la disciplina. ¿Se puede hacer un experimento? No hay medios. ¿Se puede preparar algún proyecto? De qué, si no tengo ni datos ni información de las necesidades que hay más allá de los muros del colegio.

Pero hoy, información es lo que sobra. Sobra. Hay tantísima que necesitamos filtrarla. Hoy, hay tiempo para experimentar. Así que, mi pregunta es ¿por qué no proponer retos? Si tengo un reto, algo que conseguir, un objetivo atractivo, dispongo de información de sobra para llevarlo a cabo. Ahí, el profesor es una guía, una ayuda. No un tío que te alecciona. Si propones a unos alumnos un reto y logras que les atraiga resolverlo (cosa más sencilla que conseguir que les atraiga estudiarse de memoria cuatro leyes de física), ellos mismos investigarán y aprenderán. Sólo tienes que sugerirles artículos de la Wikipedia que mirar o webs que visitar para que aprendan cosas nuevas. O, si dispones de libro, qué páginas contienen información que les puede ser de utilidad. Ellos irán, verán que tal fórmula o tal otra les viene bien para el caso, y la usarán. Y la aprenderán.

Organizar algo así debe de ser una locura: un follón. Es muchísimo más complejo, de lejos, que hacerse una lista de objetivos, impartirlos, corregir veinte ejercicios y preparar diez preguntas para el examen. Mucho más. Requiere de mucho más trabajo (al principio, al preparar la asignatura), pero los beneficios son enormes.

Cuando yo enseñaba 3D, la verdad es que no preparaba las clases una mierda. Y me arrepiento. Me arrepiento porque, al final, conocía el programa, y simplemente tenía una lista de conceptos y los daba. Punto. Fácil. Poco curro. En aquellos días viajaba dos horas para ir a trabajar y dos para volver, y la jornada era algunas veces de 8 de la mañana a 10 de la noche. Así que me acostaba a las 12:30 y me levantaba a las 5:30. Una paliza. No es por justificarme, pero es cierto que llevaba encima una paliza que como para meterme en follones.

Pero un par de veces planteé proyectos interesantes y, en esas ocasiones me encontré con algo maravilloso. Primero, que muchos alumnos querían crear más, y me freían a preguntas para saber "con qué puedo hacer esto". Les decías que con tal herramienta, sin más. No era necesario explicarles nada. Ellos iban, la exploraban y, si era necesario, se iban a la documentación y aprendían solos. Y lo hacían porque tenían un objetivo. Eso, los que querían hacer más, que siempre los hay, y siempre son una minoría (por desgracia). Pero es que en un par de ocasiones, precisamente porque no me preparaba las clases, les pedí sin darme cuenta hacer algo para lo que era imprescindible una herramienta que no había explicado. ¡Nadie se quejaba! Cogían, preguntaban, les decía dónde estaba ¡y lo hacían emocionados!

A la gente le gusta aprender. Lo que no le gusta es meterse ladrillos en la cabeza. Es una paliza y una mierda, pero diseñar proyectos que incluyan los objetivos del año es una pasada. Y esos objetivos deben plantearse antes de enseñar lo necesario, no después. No han de ser un ejercicio: deben ser la motivación.

Y el método tiene muchas ventajas. Primero, que los alumnos estarían más motivados. Segundo, que el aprendizaje sería de mayor calidad. Tercero, que extrapolar esto a trabajos en equipo (que no en grupo) es muy sencillo. Cuarto, que es muy difícil que en un proyecto de ciencias no se utilice algo de lo aprendido con anterioridad, así que sirven de asentamiento de conceptos anteriores. Quinto, que los alumnos conocerán el uso de la disciplina, no la teoría, con lo que van con más idea a la universidad y tienen más capacidad para elegir correctamente una carrera.

Pero para que todo eso funcione, hay que poner objetivos más bajos, y conseguir que los aprendan mejor. Se trataría de dar el 70% de materia y que se les quede un 100% de ella, mejorando con ello los resultados obtenidos actualmente.

¿Saben por qué echo de menos tener título universitario? No es por trabajar: trabajar ya trabajo. Es porque me lo exigen para enseñar. Y es que me encantaría ser profesor de nuevo. Profesor de ciencias: física, matemáticas, ¡computación o robótica! Guau.

Y de historia, mi amada historia.

viernes, 29 de abril de 2016

La Guerra del Rey Ludd

En tiempos de Napoleón, hace ya algo más de 200 años, el mundo vivía la primera revolución industrial, la de la máquina de vapor. Una de las primeras industrias en "disfrutar" de la industrialización fue la textil. Mucha gente en Reino Unido vivía de la lana, cardándola en sus hogares o fabricando telas en pequeños talleres. Las máquinas, esa estratégica esperanza para mejorar la productividad, eran también una amenaza para toda esa gente. Fue entonces cuando un obrero, presumiblemente apellidado Ludd, temeroso del destino de sus vecinos y amigos, saboteó máquinas en una factoría. No se sabe mucho de aquel hecho, pero sí que hizo que se levantasen muchos obreros para protestar contra la industrialización. Entonces nació la figura, mitad real mitad leyenda, del llamado Rey Ludd o General Ludd.

El problema nunca fue la tecnología: fue la adaptación de la sociedad a esa tecnología. Como siempre, la gente que más sufre es la menos preparada. Y, como siempre, los menos preparados son los que menos recursos tienen. Se supone que hoy, que existe la educación pública y todos en nuestro país tenemos una educación mínimamente buena, esto no debería ocurrir. Pero ocurre. Peor: ocurrirá de nuevo.

Vivimos la cuarta revolución industrial. En Alemania llaman a eso la "Industria 4.0", y tienen un plan estratégico para que las empresas vayan adoptando tecnologías punteras en sus procesos. En España también tenemos planes parecidos. No tan buenos, a mi modo de ver, pero parecidos. Sin embargo, no nos damos cuenta de que esa tecnificación exige nuevos profesionales y mentalidades que no estamos promoviendo en absoluto en nuestra educación. El problema no es que la industria se adapte: lo hará tarde o temprano. El problema es que, si para cuando lo haga, no hay profesionales capacitados, los de siempre sufrirán las consecuencias.

Según un informe de la Unión Europea, el 84% de los españoles piensan que los robots quitan trabajo a la gente. Exactamente igual que les pasó a los seguidores del Rey Ludd hace 200 años, ese 84% está equivocado. Los robots y, más aún, la inteligencia artificial, ayudarán en nuestros trabajos y, además, crearán todo un abanico de posibilidades entorno a las que se generarán nuevos tipos de trabajo.

A mi modo de ver, un problema grave es que solemos pensar que preparar para el mundo laboral es cosa de la universidad o la formación profesional. Y eso no es del todo cierto. A esa etapa educativa, los chavales llegan con una formación. Y, créanme, hay mucha diferencia luego entre un alumno que ha sido bien formado previamente y uno que no. Y, antes de la universidad, los chicos tienen que elegir carrera. Un alto porcentaje se equivoca y cambia tras el primer año. Hay muchos que escogen por motivos que nada tienen que ver con sus gustos, porque son jóvenes para saber qué quieren hacer. Y uno de los motivos es que hay muchísimas cosas sobre las que no tienen ni idea. Especialmente, las ciencias. Más específicamente, la tecnología.

Los políticos no tienen ni papa de tecnología, lo que es un fallo de diseño de nuestra forma de gobierno, porque jamás le prestan la atención necesaria y son incapaces de ver lo que demanda el futuro. Los profesores, siento decirlo, pero tampoco. No lo son muchas veces en la universidad, así que imaginen en el colegio. La enseñanza de las ciencias la considero muy mala en general. Entre otras cosas, porque lo más bonito en la ciencia es la búsqueda de respuestas, y en el colegio lo que hacen es dártelas y obligarte a aprendértelas. Si quieres buscar algo, te vas al patio a ver si hay lagartijas. Y si quieres aprender tecnología, con suerte, harás un pseudo-programa para llevar un robot de un sitio de la pantalla a otro. Útil, muy útil. Eso es dar sentido a la tecnología.

Así que los chavales llegan a la universidad eligiendo lo que les gusta. Y lo que les gusta es lo que les gusta usar, como los videojuegos, no lo que les gustaría hacer profesionalmente. Porque en todo el colegio no han visto nada relacionado con lo que realmente harán: ni la ciencia es ciencia de verdad, ni la tecnología es tecnología de verdad. Y al año de estar en la universidad y ver de lo que va la cosa, se cambian de carrera. Y, si no se cambian, acabarán teniendo un título y trabajando de algo totalmente diferente (normalmente tecnológico), después de aprender dándose de morros contra la realidad y los ordenadores. A los 40 echarán de menos hacer algo que les gusta y a los 50 asumirán que no quieren eso para sus hijos. Por desgracia, para entonces sus hijos ya estarán casi en la universidad, discutiendo con sus padres porque quieren aprender a hacer videojuegos, algo que sus padres saben que realmente detestará, porque jugar y programar no es lo mismo y su hijo no ha visto una línea de código en la vida. Y vuelta a empezar.

Lo que omito en esa historia algo exagerada es que, encima, algún otro país, como China, India o Estados Unidos (en todos ellos se promueve la enseñanza de computación en el colegio) estará formando a toda una generación de chavales que estarán orientados a la tecnología desde que son críos. Y cuando una empresa tenga que decidir entre nuestro hijo con título de derecho que sabe algo de robots porque no le ha quedado más remedio que aprender algo de eso y un chino que lleva toda la vida jugueteando con maquinitas programables, elegirá al chino, salvo que haya políticas proteccionistas. De esas políticas que con la globalización tienden a desaparecer. Sí, esas políticas. Contra las que volverán a levantarse el Rey Ludd y sus colegas, nuestros hijos.

Hay quien sostiene que en el futuro, el 65% de los trabajos serán de una naturaleza tan diferente a los actuales que no se han inventado aún. Creo que son algo exagerados, pero no deja de ser ilustrativo de cómo irá evolucionando el mercado laboral. Lo que no dicen es que esos trabajos no serán para nuestros hijos, porque no estarán preparados. Creemos que sí: les vemos manejar tan bien un móvil o un ordenador que pensamos que "traen todo eso de serie". Pero es mentira. Están más familiarizados con la tecnología de lo que lo estábamos la mayoría a su edad, pero no sólo no saben nada de cómo funciona esa tecnología, que es lo que les dará trabajo, sino que, gracias a que no tienen ni idea de su funcionamiento, no serán capaces de adaptarse a la tecnología que viene: la inteligencia artificial.

La inteligencia artificial está aquí para quedarse. Una gran parte de las pequeñas tareas repetitivas que hoy hacemos puede hacerlas una máquina. Desde llevar mercancías en trenes o camiones autónomos hasta limpiar edificios o reparar carreteras. Pero, más aún, trabajos creativos como escribir artículos en prensa o maquetar revistas o páginas web tendrán ayuda de inteligencias artificiales. Saber trabajar con ellas será fundamental. Y, si se quiere tener trabajo, aprender a prepararlas y diseñarlas, también.

Yo tengo la suerte de conocer el mundillo, trabajar en él y saber bastante para enseñar a mis hijos lo que debería enseñar el colegio. Pero muchos otros no. No se trata de que no tengan futuro o no vayan a encontrar trabajo. Y tampoco es que vayan a terminar en el arroyo. El problema es que lo tendrán más difícil y, si nadie se pone las pilas y empieza a instaurar en el sistema educativo (si es que acabamos teniendo alguno estable) algo de formación tecnológica de calidad, esta generación tendrá un problema frente a los chinos, indios o japoneses que vengan porque aquí les pagan por hacer lo que nosotros no les enseñamos. La UE lleva tiempo advirtiendo que prevé que habrá escasez de profesionales tecnológicos en breve y que deberemos importarlos de, sobre todo, la India. En Estados Unidos, Obama tuvo una de sus primeras reuniones con altos directivos de empresas tecnológicas para preguntarles por qué no fabricaban sus productos en Estados Unidos. La respuesta unánime fue que no tenían profesionales suficientemente cualificados. Allí, el problema ya es una realidad, y hay organizaciones que tratan de hacer obligatoria la educación básica en computación.

Nuestros hijos sobrevivirán. Igual tienen que protestar contra las previsibles aperturas del mercado laboral a extracomunitarios o deben sublevarse contra el uso de robots en fábricas, pero sobrevivirán, claro. Pero que lo hagan combatiendo junto al Rey Ludd o estando preparados es cosa nuestra.

martes, 12 de abril de 2016

Asociacionismo en España

Desde que inicié mi trayectoria laboral, he tenido la suerte de, sin tener una formación extraordinaria, poderme mover en entornos más o menos internacionales, ya sea físicamente o a través de Internet: en mi trabajo se mejora mucho si se tiene la inquietud de ir fuera y ver lo que hacen otros técnicos. En este periodo, que cuenta ya 18 años (para muchos el "ya" sobrará, pero para mí son "ya" 18), he llegado a formarme la idea de que los anglosajones (ingleses, estadounidenses, australianos...) hacen muy bien algo que nosotros no solemos ni intentar: Asociarnos por una afición.

No me refiero a asociaciones que permitan protestar o hacer fuerza frente a algo o alguien, como asociaciones de usuarios o sindicatos... que también. Me refiero fundamentalmente a crear grupos de trabajo que permitan a la gente crecer cultural o tecnológicamente porque hay aficiones o intereses comunes. Aquí las hay, claro. Muchas. Conozco asociaciones de radioaficionados, aeromodelismo, coches antiguos... Sí, sí: muchas. Pero creo que ni de lejos tenemos la tendencia de crear grupos de interés que tienen por allí.

La ventaja de estas asociaciones es que la información fluye, el crecimiento es mucho más rápido gracias al equipo, se lo pasa uno fenomenal con gente que comparte sus aficiones y, encima, la capacidad para poner dinero en común y adquirir material es mucho mayor que si se tiene una afición en solitario. Dónde va a parar.

El problema en España (si es que lo hay: insisto en que esto es una sensación), es que las asociaciones suelen ser conjuntos de personas que se reúnen para vivir una afición, pero sin ánimo de transmitirla o de conseguir más gente. Doy de alta en algún sitio mi asociación, con cuatro gatos, nos montamos un local o buscamos un sitio donde reunirnos y buscamos algo de financiación en el Ayuntamiento. Y luego... a disfrutar. En algunos casos que he vivido, cuando llega uno de fuera porque está interesado y quiere aprender, la barrera es grande.

En otros lugares veo que dedican más tiempo a crear actividades para gente de fuera: las asociaciones son más "vivas", interactúan con su medio y van en busca de más personas con quienes compartir la afición. Se promocionan y son más activas y ambiciosas. Supongo que por eso hay más. Porque se promocionan, crecen y todo el mundo encuentra actividades atractivas a las que apuntarse. Tal vez les impulse buscar su propia financiación, para lo que buscan más socios y al final todo el mundo se entera que en el barrio hay un club de... mineralogía, por ejemplo.

Por poner un caso, y conste que no me baso sólo en él para hacerme una opinión y que entiendo que un solo ejemplo es una muestra insuficiente para fundamentar nada, tenemos DIYbio, una organización que promueve la creación de grupos de conocimiento e investigación biológica y, más concretamente, genética. En Estados Unidos hay más de 30 grupos. En Europa hay casi 30. O sea, para una población parecida, un número de grupos parecido.

Sin embargo, España, país de 48 millones de habitantes, tiene sólo un grupo, en Barcelona. Inglaterra, con 53 millones (o sea, no mucho más), tiene cinco. Australia, con menos de la mitad de nuestra población, tiene tres. Hay quien dirá que es cuestión de dinero. No, no: en mi opinión es 100% cultural. Creo que, salvo en fútbol y alguna otra cosilla, en España no hay costumbre de generar grupos de interés abiertos y con ganas de crecer y buscar personas fuera. Sí: para asociarnos para protestar o luchar por los derechos de colectivos somos la caña. Demasiado, me parece a mí. Pero no vamos más allá.

Empiezo a pensar que en España a eso de querer saber más de algunas materias y, sobre todo, decir que queremos saber más, le tenemos cierto repelús. No sé si es la tontería de no querer parecer sabiondos o niños repelentes o qué: a mí me encantaría saber mucho más de muchas cosas, y sería estupendo compartir aficiones con otros. Pero la realidad es que no hay muchos clubes en mi vecindario de cosas más allá del fútbol o alguna cosilla más. O igual los hay y no me he enterado. En cualquier caso, es un fastidio.

Aquí los contactos sociales son de estadio y bar. No digamos el bar en día de partido. No se va al club de robótica a conocer gente. Igual es que hay que poner como sede de una asociación de robótica el bar de la esquina, no sé. Bar de copas de noche, con lucha de robots los viernes por la tarde. Igual es, simplemente, que necesitamos que al Real Madrid o al Barcelona les dé por fomentar clubes de aficionados a, por ejemplo, la física. ¿Se imaginan? No, claro... Yo tampoco.

Por otro lado, y haciendo así una reflexión directa, sin haberle dado vueltas antes, no sé de ningún vecino en mi urbanización o padre de compañeros de mis hijos que sepa yo que tengan una inquietud de conocimiento de índole alguna. Los conozco que hacen algún deporte, sí. Pero no sé de nadie que sostenga en la piscina una conversación sobre tecnología, astronomía o algo que ha leído sobre un avance en física. Claro, que dudo que ellos crean que yo sí lo haría.

Igual nos tildarían de repelentes. Igual en España esto de querer saber más cosas está mal visto.

lunes, 15 de febrero de 2016

Enseñar la Guerra Civil

Hablando con una compañera de mi mujer, tutora de 5º de Primaria (de mi hijo mayor, por cierto) y profesora también de 6º, sobre Historia, me ha propuesto ir a dar un tema concreto en 6º: La Guerra Civil. Tócate las narices: no pudo escoger otro.

Por si alguien se lo pregunta, la razón por la que se me pide es porque me gusta la Historia y porque la estudié en la carrera de humanidades, donde solía sacar matrícula, sin que esto signifique gran cosa, la verdad. Historia es la única disciplina que suelo escribir con mayúscula, porque merece un respeto especial. Me gusta y suelo leer sobre biología, matemáticas, lengua y otras disciplinas, todas apasionantes, pero Historia es especial: es la base fundamental del conocimiento, porque nos da clara visión sobre por qué las demás son importantes. Todas. Quien estudia de manera intensiva otras disciplinas, muchas veces llega a razones por las que sus conocimientos son importantes. Quien estudia bien Historia (nótese el "bien") llega a conclusiones sobre por qué son importantes también las demás. Es una opinión.

El problema de enseñar la Guerra Civil es doble: Primero, que es complicado ser neutral en el tema. No ya por la ideología que uno trae consigo, sino por la que pueden tener los oyentes. Es fácil pensar que uno es neutral y no se deja llevar por unas idea u otras. Mentira. Nosotros siempre nos vemos en la verdad y, al final, es nuestra verdad, teñida de ideas adquiridas a lo largo de los años. Pero, en el caso de 6º, tiene un problema añadido, y es que, según me cuentan, lo anterior que han visto fue la Guerra de la Independencia. Vamos, que se han dejado por el camino todo el caldo de cultivo de la Guerra Civil. A ver ahora cómo les explicas los motivos del conflicto, que es, para mí, la mayor lección de esa guerra: fuimos incapaces de entendernos y estar en paz durante casi 150 años. Si entienden eso bien, habrá servido para algo. Si todo se queda en batallas y bandos, no servirá para nada.

Así que coge tú y explícales a unos chavales de 6º, con sus 11 ó 12 años, el porqué de la peor guerra que ha tenido España que, para colmo, ocurrió hace menos de un siglo. Todo lo que ocurre hace menos de un siglo es susceptible de ser manipulado emocional y argumentalmente, porque es demasiado reciente: tus abuelos lo vivieron y va en las emociones de toda tu familia.

Estoy jodido.

Tras pensarlo mucho, me parece que lo más importante de la Guerra Civil, para estos chavales, no está en el conflicto, sino en los 150 años anteriores. La Guerra Civil fue la explosión de una olla a presión que fue calentándose lentamente desde la Guerra de la Independencia y acabó estallando por no tener pesa ni válvula de seguridad. Si entienden esto, aunque no sepan ni de qué fue la Batalla del Ebro, me daré por satisfecho. Ahora, claro, tengo 50 minutos para contarlo y, peor aún, hacerme entender.

Desde que me lo propuso, he mantenido un equilibrio mental entre la emoción y ganas de la oportunidad que se me brinda de enseñar algo que, seguramente, les van a dar mal y, por otro lado, el temor de hacerlo peor. Ya veremos.

Actualización

Estoy pensando que menuda basura de método de enseñanza si pasa de puntillas por todo el siglo XIX y mitad del XX. Entiendo que es una época compleja, pero es la base de tantas y tantas cosas en nuestro país... En ese siglo se generaron tantos grupúsculos menores y no tan menores dan lugar al mosaico ideológico actual y de la Guerra Civil...

Yo quería ir a dar la clase sobre Napoleón. En fin.

martes, 1 de diciembre de 2015

Mujeres dedicadas a los videojuegos

Acabo de ver un documental interesante titulado "mujeres + videojuegos". El documental trata varios puntos polémicos sobre el tema, entre los que hay cosas que suelen tocarme las narices. Quede claro de antemano que soy padre de dos niños y una niña, y me da igual si alguno de ellos es gamer o no, programador, diseñador de videojuegos o lo que sea. Lo que tengo claro es que quiero que los tres conozcan ese y otros mundillos, que pienso luchar porque tengan igualdad de oportunidades elijan eso u otra cosa y que hagan lo que hagan les apoyaré (salvo excepciones, como hacerse terroristas suicidas, evidentemente).

El punto que suele hacer que se me revuelvan un poco las tripas, sin tampoco pasarse, es el manido debate sobre si las diferencias de elección que suelen hacer hombres y mujeres son naturales o adquiridas. En el documental una de las entrevistadas dice que le pone de mala leche que se diga que las mujeres son menos agresivas. La siguiente en hablar dice que sí, que son algo menos agresivas. ¿Hay algo de eso, realmente? Y, yendo más a la cuestión de este párrafo, si hay diferencia, ¿es natural o adquirida?

A partir del octavo mes de embarazo, los testículos del bebé descargan en el flujo sanguíneo un porrón de testosterona que afecta al desarrollo de, entre otras cosas, el cerebro. Es decir, en ese momento, independientemente de la cultura, un niño y una niña tienen cerebros diferentes. Una vez nacidos, ambos irán cambiando la red neuronal que hay dentro de su cabecita según lo que van viviendo, que será en gran parte cultural. Pero la base ya es diferente. No tenemos pruebas fiables sobre en qué grado es la cultura y en qué otro grado la naturaleza quien determina estas formas de ser, por lo que ¿para qué puñetas sostener una u otra cosa? En la adultez, el cerebro de un hombre dedica un porcentaje mayor de su cerebro al sexo, por ejemplo. Suele existir el tópico de que los tíos pensamos más en sexo. Esa broma la gastan también las chicas. ¿Es una injusticia cultural? Si lo es, ¿por qué nadie se plantea eliminar ese encasillamiento? ¿O es que consideramos que eso es natural? ¿Tendrá que ver que nuestro cerebro dedica una parte mayor a eso?

Parece que, si es una cuestión natural, es como si el mundo estuviese en contra de las mujeres. Como si la igualdad fuese cuestión de que todos pensemos de igual manera. La realidad es que a mí me importa un pito si esas diferentas son naturales o adquiridas. Mi hija tiene un 70% de probabilidades de elegir una carrera sanitaria o social frente a una ingeniería: las estadísticas así lo indican. ¿Eso es natural o adquirido? Ni idea. Pero sí sé que, haga lo que haga, quiero que la traten como a una igual. Quiero que tenga igualdad de oportunidades.

Supongamos que es natural y de cada 10 mujeres solo a una le gustan los videojuegos. Supongamos, ¿eh? Que nadie me eche a los perros. Hay una empresa de videojuegos de 100 personas y solo hay 10 mujeres, lo que sería estadísticamente normal en ese supuesto. ¿Es esto una justificación para que se trate de forma diferente a esas 10 mujeres? No. ¿Es justificación para que las traten de "machorras" o "lesbianas"? No. ¿Es motivo para que les digan cosas como "vete a fregar"? No. ¿Lo es, tal vez, para que, al llegar uno de sus currículos a la empresa, lo descarten? No.

No, no lo es. Ninguna de esas cosas queda justificada por haber menos mujeres. ¿Por qué, habiendo ausencia suficiente de pruebas, hay que dar vueltas sin sentido a la cuestión de naturaleza vs cultura si eso ni es una excusa ni una justificación para un trato desigual?

Estamos empeñados en considerar que la igualdad se mide comparando el número de hombres y de mujeres que se dedican a algo concreto. En algunos campos, esto puede ser así, pero lo que realmente marca la gran diferencia es el trato que reciben por elegir libremente. Mi hija no recibirá un trato desigual porque las mujeres sean minoría jugando al Starcraft, sino porque una vez allí le pongan adjetivos despectivos, porque le hagan competir en campeonatos femeninos (que me parecen un insulto a las mujeres) o que, simplemente, no la admitan o la apoyen igual que a los chicos.

Es cierto que si fuesen más las mujeres en el sector, seguramente se sentirían mejor tratadas, entre otras cosas porque los gilipuertas que las tratan de manera diferente tendrían que cortarse y así, poco a poco, se romperían barreras. Me encantaría que ese día llegase. Lo que pasa es que, como no sé si esa elección está marcada por factores naturales, ignoro si lo veremos. Pero creo que ya es hora de que nos demos cuenta que la igualdad y la tolerancia no se demuestran tratando igual a las mayorías, sino a las minorías. La solución a los problemas no tiene siempre que pasar por "queremos ser tantos como vosotros para ser tratados iguales", sino por "queremos ser tratados iguales porque tenemos derecho a que así sea, independientemente de nuestro número".

jueves, 19 de noviembre de 2015

Tener objetivos y estrategia

He leído esta mañana un post del blog de Arantxa Isidoro sobre esa etapa de la vida en que te alejas de tus objetivos de vida. Arantxa es una emprendedora nata, con ganas de hacer cosas, iniciar proyectos, crear empresas y ayudar a los demás a hacerlo también.

Es común que empecemos soñando con todas las cosas que deseamos hacer y, poco a poco, nos alejemos de esos proyectos en favor de otros que exigen una edad determinada, como casarse y tener hijos. Luego, cuando los niños van creciendo y siendo más autónomos y tu vida se asienta y la percibes como más rutinaria, te pones a pensar en qué hacer con el tiempo que tienes y recuerdas todas esas cosas que un día soñaste hacer y aún no has hecho. El problema entonces es que salirse del camino es complicado y tiene muchos riesgos, y tu nivel de responsabilidad ha aumentado mucho. Parece un mal momento.

Esto me ha traído a la memoria un estudio de la Universidad de Harvard sobre los objetivos en la vida. La conclusión del estudio es que tener objetivos realistas, ponerlos por escrito y tenerlos siempre presentes hace que tu probabilidad de lograrlos se dispare. Si se piensa un poco, es normal. Tiene lógica. La pena es que no nos enseñen eso con 16 o 18 años.

Siguiendo con la cadena de pensamiento, eso me recuerda que una de las dificultades que uno tiene cuando es joven es que, salvo excepciones, no suele tener muy claro qué quiere hacer con su vida. Hay muchas posibilidades y, por desgracia, demasiados condicionantes. Desde hacer lo que uno cree que quieren sus padres hasta hacer lo que puede con los recursos económicos de su familia, pasando por limitaciones geográficas, mala gestión de las relaciones personales, el qué dirán o chorradas por el estilo. Chorradas parecen ahora, claro, con 40 años. Pero te fastidian la vida, llevándote por caminos que no son los que deberías haber recorrido.

Para evitar eso es clave conocerse, saber qué le apasiona a uno y tener el apoyo de la familia. Con la tormenta hormonal y el follón de la adolescencia, conocerse no siempre es fácil. Las personas cambiamos mucho de los 16 a los 22 años. Y me parece una guarrada enorme tener que definir tu vida a través de unos estudios a una edad tan crítica. Sobre saber qué le apasiona a uno, puede parecer fácil, pero no lo es. El número de experiencias a esa edad es limitado, y no creo que haya mucha gente interesada en saber eso y hacértelo saber más allá de tus padres, a quienes no estás dispuesto a hacer ningún caso con 20 años.

Recientemente, descubrí en los papeles de casa los tests que me hicieron en el colegio. Nos hacían porrón, cosa que echo de menos en el colegio de mis hijos. Entre ellos, nos hicieron uno relacionado con las actividades profesionales que nos gustaban. Lo miré con incredulidad, pensando que lo que yo quería hacer con 15 años dista mucho de lo que hoy querría haber hecho. Pero cuál sería mi sorpresa cuando me encontré frente a un retrato perfecto de mis gustos actuales. Y la pregunta es, ¿cómo es posible que, con ese material de incalculable valor, mi recorrido por la vida me haya llevado a donde estoy hoy? Y la respuesta inmediata, no meditada, fue que nadie le dio la menor importancia.

Desde luego, la memoria siempre juega a favor nuestro. Igual alguien me advirtió y no le hice caso. Igual alguien lo miró y jamás lo supe. Pero la realidad es que, tal vez si hubiese sido consciente de lo que me gustan ciertas actividades que ahora mismo quedan lejos de mi perfil profesional, mi vida sería distinta.

Como dice Arantxa, para cuando nos planteamos con casi 40 años retomar esos sueños, la familia pasa a ser lo que más valoramos en la vida. Y, si lo pensamos, en ella encontramos felicidad plena. No hablo, por tanto, de que la situación, 25 años después de no hacer ni caso a esos tests, sea de frustración y tristeza. Soy feliz con la vida que tengo y no la cambio por nada, pero creo que podría estar profesionalmente más satisfecho y estar aportando mucho más a la sociedad.

El objetivo ahora, aparte de ir acercándome a esos sueños poco a poco, es que mis hijos se sientan más orientados en la vida. Es ayudarles a descubrir sus pasiones, a convertirlas en objetivos, a ponerlas por escrito y a desarrollar una estrategia efectiva para que los hagan realidad.

martes, 3 de noviembre de 2015

Del dicho al hecho

Iba a escribir un post sobre las propuestas de José Antonio Marina, pero psé... Para decir que estoy de acuerdo mejor me callo.

Sin embargo, tomándome una caña he pensado que hay un punto en que discrepo o, más bien, un punto que me parece oscuro en toda esta historia. Es el punto de siempre, el que hace que la política sea en gran medida lo que es, el gran fallo y gran mentira de los parlamentarismos en la democracia y lo que impide la separación de poderes: que nos quedamos en lo que hay que hacer y no cómo hacerlo.

Hacer leyes es fácil. "Las mujeres y los hombres han de ser iguales". Toma ya. Y tan contentos. Partidazo éste que hace semejante ley de igualdad. Y les votamos. Y llegan los otros: "que la gente no se quede sin casas". Ole que ole. Partidazo también, oye.

Pero es todo una mierda. Porque eso no hay quien lo cumpla.

El Gobierno es el poder ejecutivo, y tendría que pensar en cómo conseguir que se apliquen las leyes, no en redactarlas. Pero la realidad es que el ejecutivo necesita en muchos casos leyes que le permitan hacer cosas para cumplir otras leyes. Así que el Gobierno se mete a legislativo y el legislativo a ejecutivo. ¿Y la separación de poderes? Ajá, sí... Ahí le has dado.

Todo eso es precioso. Es muy bonito. Pero empecemos por el principio. Todos sabemos que el profesorado requiere de una buena formación y que solo hay que coger a los mejores. Genial. Y eso cómo se hace. Poniendo un MIR. Fantástico. ¿Y con los maestros que ya hay qué? ¿Les jubilas? ¿Les haces pasar el famoso MIR? ¿Y si no lo pasan, a la calle? ¿O es solo para docentes nuevos y, entonces, hasta dentro de 20 años que se jubile la mitad no tenemos un sistema educativo como Dios manda? Entre tanto, qué: ¿la oposición cambiando de sistema otra vez porque este no funciona (solo falta esperar 16 años para que lo haga)?

Diseñar sistemas ideales es complejo, sobre todo porque no existen. Diseñar sistemas efectivos es aún más difícil, precisamente porque existen y son escasos. Pero muchos de ellos se quedan en agua de borrajas porque de diseñarlos a implementarlos hay una diferencia enorme.

La gestión del cambio es toda una disciplina. Hay estudios realmente impresionantes sobre el tema. Existe mucha bibliografía sobre la gestión del cambio. Y es que cambiar es difícil, y en política más.

En un gobierno, soltar cosas como "que los malos profesores cobren menos" (que menuda gilipollez: los malos profesores deberían dedicarse a otra cosa) puede llevar a los sindicatos a la huelga durante días. Y eso será lo mínimo. Si por reformas que no tocaban sus bolsillos se han echado a la calle millares de ellos, con una reforma que afecte a sus ingresos puede arder Troya.

Gestionar el cambio es pasar del estado actual a uno nuevo, y hacerlo con el menor impacto en la gente y los procesos que sea posible. Es identificar el porrón de casos que se ven afectados de formas insospechadas y planificar soluciones. Es minimizar la reticencia que la gente tiene al cambiar y vender de forma exitosa los logros conseguidos. Y todo eso es muy complicado.

Leyes estúpidas hay muchas, en todos los países. En Canadá se puede considerar persona non grata a un extranjero que haga campaña en contra de un candidato a la presidencia. Alucinen: Promueves que no se vote a un tío en Canadá y, si vas, podrías tener un problema. La ley es estúpida por muchos motivos: Primero, porque nadie en su sano juicio denunciaría a un tío de fuera por hacer tal cosa. Segundo, porque el Estado no va a ponerse a revisar lo que dicen en el extranjero, lo que hace que la ley no se aplique. Tercero, porque, aunque lo hiciera, no sería rentable. Y cuarto, porque, aunque fuese rentable y el gobierno vigilase lo que dicen de los candidatos fuera de sus fronteras, ¿en serio les importa? ¡¿De verdad?!

Leyes estúpidas hay muchas, ya sea por motivos históricos (como que en Londres no se puede transportar por la calle un tablón de madera) o porque quienes las diseñaron buscaban votos, no hacer algo bueno por su país. Pero cuando hablamos de temas como la Educación (así, con mayúscula), Justicia o cosas así, no puede uno redactar una ley tipo "qué bonito sería si..." y quedarse tan pancho.

Los españoles, como casi toda víctima de un sistema parlamentario (y sí: lo de "víctima" lo digo porque prefiero los sistemas presidencialistas), estamos acostumbrados a votar a partidos que tomarán control de legislativo y ejecutivo. Esto ocurre porque en los sistemas parlamentarios es habitual que ambos poderes sean el mismo, y en España, cuyo sistema ya tiene traca, más.

Así que sí: fenomenales las propuestas, a falta de conocer los detalles. Pero ese "libro blanco" no contendrá ni las leyes ni la forma de ejecutarlas. Y ahí está la chicha. Y ahí la cagarán los de siempre, como siempre, salvo que el 20 de diciembre nos dé una sorpresa, cosa que está por ver.

Os prometo que yo venía hoy extremadamente alegre tras una noche avanzando en mi proyecto. Pero es que hay realidades que me pueden...

jueves, 22 de octubre de 2015

Una nota rápida

Buffff... Estoy petado. Llevo una semana fina mandolina. Así que hoy no hay tema. Hoy escribo porque me ha llegado un vídeo estupendo. Describe de forma entretenida uno de los problemas que tienen casi todos los sistemas educativos hoy día. El vídeo lo ha hecho Edu Avanzini, un antiguo colega del que aprendí muchísimas cosas que me han sido de gran ayuda a lo largo de mi vida. Uno de esos tipos que van dejando huella por donde pasan, y un gran diseñador.

El vídeo se ha hecho en colaboración con Mente Colectiva. Que lo disfrutéis.

sábado, 10 de octubre de 2015

Por qué no me gustan los juguetes de ciencia

Hace unas semanas escribí sobre las pasiones infantiles y mencioné el famoso Quimicefa, diciendo que "algo tengo en su contra". Ayer, en mi carta a los Reyes, comentaba que los niños deben darse cuenta de que algunos juguetes los aprovechan mucho y otros no, y me resistí a hacer otro comentario sobre los juguetes de ese tipo, a los que incluyo entre los segundos: una pérdida de dinero.

No, no me gustan.

La razón es la siguiente: Son las típicas cajas llenas de porrón de cositas fáciles de perder o esparcir que se usan una vez y acaban en el fondo de un trastero, armario, altillo o sótano. Y eso pasa con los juegos de ciencia, los de magia y los que son tipo "Juegos Reunidos".

A todos nos pasa, y acabamos haciendo desaparecer esas cajas, ya sea por verlas en desuso o por miedo a que dejen de estarlo. Todos. Igual hay excepciones. Pero lo digo porque supongo que las hay: realmente, no tengo confirmación de ninguna. El resto de los mortales terminamos maldiciendo el día que se compró la cajita de las narices.

A mi hijo mayor le encanta hablar de química orgánica. Le mola, qué quieren. Él no creo que sepa lo que es la química orgánica, pero le encanta la química y cuando hablamos de biología tiende a hablar de microorganismos (será que los seres pluricelulares no le parecemos interesantes). El caso es que al final se une una cosa con otra y acabamos hablando de las células, las bacterias, los virus y los procesos internos de cada uno al mínimo nivel: el químico. Mi hijo mayor habla de proteínas como de peonzas, oye.

Así pues, me pregunto: ¿cómo puedo darle más rienda suelta a su curiosidad? La inmediata: ¡un microscopio! Y a mí me encantaría. Y al mediano también. A todos. Mola: un microscopio.

Entonces recuerdo que yo tenía un microscopio, que conservo, y... Y ahí está. Cuando pienso en él me doy cuenta de que un microscopio es un precioso instrumental que un día te compran y no tienes ni la más remota idea de cómo utilizar. No me refiero al uso del aparato en sí: es que no sabes cómo sacarle partido. Te recorres las muestras que vienen con el microscopio: un trozo de nilon, fibras de algodón, tejido vegetal, etcétera. Vale, ves las fibras y parecen tubos enormes... Y ya. Tejido vegetal: pues vale, no distingo nada. Nilon: buf, emocionante.

A lo que voy es que lo que un niño espera hacer con un microscopio es lo que se le vende: ver el mundo microscópico. Bichitos, bacterias... En su ingenuidad cree, mira por dónde, que la gente le dice la verdad y que va a flipar viendo moverse unas Entamoeba coli. Pues no, majete. ¿Ah, que no es lo que esperabas y ya no usas el microscopio? Pues al armario. Y ahí está.

Y la culpa no es de los padres, porque normalmente los que compran microscopios lo hacen porque o tienen mucha idea (en cuyo caso darán uso al microscopio) o no tienen ni guarra. Y no sé yo si de los fabricantes, que igual saben de microscopios y en su casa los usan y creen que el resto de los mortales también. No creo que haya nadie concreto que tenga la culpa. Pero ocurre.

Como a mí todo esto me mola cantidubi y de vez en cuándo me voy a Carolina para fliparlo un poco y sueño con tener un laboratorio en casa, pues me informo de todo esto y veo que tener un microscopio y sacarle partido es comprar muchas muestras o aprender a hacerlas tú, lo que implica comprar los tintes, aprender a hacer tinciones y, lo más importante, ¡tener espacio para guardarlo todo! Vamos, que no.

A mí me gusta la ciencia. Me encanta. Me apasiona. Y me apasionan mis hijos. Y quiero transmitirles el amor por el conocimiento. Bastante limitados están en el colegio como para no darles rienda suelta en casa. El problema es el de siempre: no hay ni recursos para todo eso (que cuesta pasta gansa), ni tiempo (o sí, que para otras cosas bien que lo sacamos), ni espacio, ni ganas, ni nada.

La cosa se resolvería como vengo diciendo hace tiempo: creando clubes de disciplinas varias. Clubes donde todos pongamos un poco y se pueda financiar el sitio o el material. Igual hasta se puede hacer en el colegio y cofinanciarlo con él para uso compartido, del club y del colegio. Los clubes y talleres de ciencia son un sitio maravilloso donde podría enseñarse bien a niños muy interesados en ciertas materias. Es más: a mí me dan la oportunidad de ir a un taller de ciencia básica donde pueda aprender a hacer tinciones y ver mi sangre al microscopio y me apunto con mis hijos.

Ante el elevado coste que tienen algunas cosas ya existen organizaciones particulares para crear sitios donde se puedan hacer uso de material avanzado. DIYBio, por ejemplo, es una organización donde la gente pone dinero para montar laboratorios de genética abiertos, para todos. En España hay uno: en Barcelona. Mirad qué chicos tan majetes:

En mi opinión, las diversas disciplinas, tanto ciencias como humanidades, se aprenden en serio, no en modo juguete. Se aprenden de la mano con otros, no leyendo cómo hacer un experimento en un manual de instrucciones y luego una explicación de la que ni te enteras. Se aprende investigando. ¿No se habla mucho hoy día sobre la creatividad en la formación? Pues se trata de eso: de enseñar a los niños a, acompañados de un adulto, aprender a manejar instrumental para que luego sean creativos, investiguen y pregunten ¡que pregunten mucho!

Esta sociedad, cada vez más abierta y social, necesita que nos acostumbremos a que toda afición puede ser compartida e, igual que hay clubes de moteros o aviones por radiocontrol, puede haberlos de ciencia, historia o literatura. Si no se sabe, se busca gente dispuesta a ayudar, que anda que no hay científicos jubilados que estarían encantadísimos de echar un cable. Y nuestros hijos pueden aprender, explorar y pasárselo bomba con la ciencia. Y nosotros con ellos. Pero de verdad, no con una caja que damos gracias que termina ignorada en algún sitio.

viernes, 9 de octubre de 2015

Carta a los Reyes

Sí, amigos: llegan esas fechas en que el tiempo se acelera y faltan "buf, dos meses todavía... ¡no, espera que ya están aquí!", o sea, NADA, para las fiestas de Navidad. Todos hicimos promesa de no andar con prisas el pasado año (y el anterior, y el anterior...) y sí: nos pilló el toro y vamos camino de lo mismo este año si no nos ponemos las pilas.

Como siempre, en septiembre ha habido gastos extra, octubre estamos con el agua al cuello, así que bueno, como queda tiempo... Y no nos damos cuenta de que noviembre se pasa con los cumples de todos aquellos cuyos padres celebraron el Año Nuevo con un, bueno... Eso, ya me entendéis. Así que noviembre tampoco. Y llega diciembre y estamos otro año igual.

Y no "escribimos la carta a los Reyes" (guiño guiño). Por tanto, yo voy haciendo mi lista ya, para ir teniéndola clara.

Lo primero es lo típico: quiero que la gente tenga comida y este país sea un lugar de amor y prosperidad y bla, bla... Vamos, que quiero políticos nuevos. A ver si para el 20 de diciembre, con eso de que la Navidad anda cerca, tenemos por fin algún candidato con narices: Rajoy tiene una inspiración divina y se da cuenta de que no le quieren ni los de su propio partido, el PSOE presenta un programa propio y no un "tened miedo al PP", y las nuevas alternativas resultan ser alternativas de verdad y no una amenaza a la gobernabilidad.

Pero al tajo. Debo ahorr... Digo, que esto de ser un jugón con hijos jugones es horrible: se necesita mucho dinero. ¿Y por qué? Pues porque ayer instalé la demo-beta (o lo que sea, porque una demo no debería estar en beta, y una beta no es una demo, pero los de Electronic Arts ya no saben qué hacer para llamar la atención) del esperadísimo Star Wars Battlefront. Ay, esperad, que con decirlo una vez no tengo bastante: Battlefront. Baaaaaaaaaaatleeeefronttttt... Si es que se me hace la boca agua cada vez que lo digo.

Y claro, hago lista irreal-consumista de estas que da vergüenza leerla y luego voy a Misa y como que me siento sucio:

  • Santi necesita un PC de gaming como Dios manda. Nada espectacular, pero ya les constaría a los Reyes casi 500 pavos. Flipa. Porque tendrá una gráfica como es debido. Monitor ya tiene (sí, lo sé: WTF, ¿tiene el monitor y no la torre? Una larga historia).
  • Eso me recuerda que ayer instalé el Battlefront en mi PC y no tira porque no tengo gráfica adecuada: hala, algo sencillo son otros 120 euros. Ya sé que los gamers dirán que ni de guasa, pero yo tiro de requisitos mínimos y arreando, que no hay para más.
  • Luego, claro, necesitamos el Battlefront. Como yo no voy a estar con él a saco porque he cumplido 40 y he decidido que los juegos buenos para consola y mi tiempo de PC lo concentraré en el Hearthstone, pues "solo" dos licencias de Battlefront: ¡y son 60 euros cada una! Es lo habitual en los juegos nuevos, debo decir, pero que un juego que tiene compras internas valga eso es como que... Argh, qué me estáis contando, amigos de EA. Pero bueno: 120 euros.
  • Yo, en vez de Battlefront, me conformo con una tarjeta de 20€ de Blizzard para comprarme la aventura de Nexxramas de Hearthstone.
  • Pero bueno, venga va... Si es una carta cargada de ilusión: SEAMOS CONSUMISTAS. ¡Sale el Fallout 4! Mi querido amigo Sergio pensaba que ya me había olvidado del "Falete", jejeje... No, pero es que para mí, el Fallout 4 no solo implica los 65€, sino, además...
  • ¡Una XBox ONE! Porque el Fallout 4 no sale ya para la XBox 360, que es la que tengo. Y mi corazón llora. Angelito... Por suerte, para Navidad sacan un bundle de XBox ONE de 1TB y Fallout 4 por 400 euros "solamente". JAJAJAJA, es que me parto: solo. ¿En qué momento de la vida de este país 400 euros pasaron a ser "solo" 400 euros? En fin...
  • Y no he mencionado que los niños querrán, encima, el Disney Infinity 3.0. Recuerdo que esta carta es la de "¡halaaaa, vengaaaa, consumismoooo!". Luego pongo la buena. Pero eso: Infinity 3.0: Creo que son 60 pavos ("solo", jijijiji...)
  • Y, para terminar, dado que queremos organizar partidaza de Minecraft cuando Santi tenga su PC, pues, la licencia de Santi: 20€ más.
Buffffff... Esto es consumismo y lo demás es tontería. Y solo he hablado de videojuegos de casa: ni de los regalos de mi mujer, ni de los del resto de familia. En total, si de verdad cumpliesen con todo esto, los caprichitos les saldrían a los Reyes (santísimos Reyes si traen todo esto, porque no sé cómo alguien es capaz de decir que "sí" a tal alarde de consumismo) por... Nada: "solo" ¡1240 euros! Una indecencia.

La lista de verdad

La realidad es que, ante estos impulsos de "quiero quiero quiero", todos debemos hacer un esfuerzo por controlar las cosas y darle realismo y perspectiva. Es un buen ejercicio para mantener los pies en la tierra. No se trata de tener dinero o no: se trata de mantener cierta decencia, creo yo.

A poco que alguien lea la lista, se dará cuenta de que yo, siendo un padre de 40 años que usa el tiempo libre para sacar adelante proyectos que puedan convertirse en el futuro, con suerte, en un negocio, no puedo jugar todo lo que quisiera. Compré el Fallout New Vegas hace un año y aún no llevo ni la mitad. No lo terminaré hasta los Reyes de 2017, así que hasta entonces tiraré con la XBox 360, que va de maravilla. Ya entonces, con un año de retraso, igual pido la ONE con el Fallout 4, que estará mucho más barato.

Dado que no voy a jugar al Battlefront, puedo prescindir de la gráfica. Sí, lo sé: el día de la partidaza de Minecraft solo podré renderizar 10 chunks en vez de 20. Pues oye... No pasa nada. No voy a gastar 120 euros por un día de ocio. Ni de guasa.

Los niños, con la demo de Battlefront tienen bastante. Les queda mucho Minecraft por disfrutar, y seguro que el Infinity les ilusiona más que suficiente.

Así pues, a poco que demos algo de realismo a la lista, todo se queda en el PC de Santi (que es el regalo gordo, porque realmente hace falta para que jueguen juntos sin tener que dejar yo de trabajar), su licencia de Minecraft y el Infinity. Y arreando: 580 euros. Y son unos estupendísimos reyes con menos de la mitad de gasto (y por el PC de Santi, que si no...). Si se quiere compensar un poco el gasto de Santi y darle algo más a Enrique, una tarjeta de 20€ de Blizzard le encantará. Todo esto, claro, aparte de las cosas útiles, lo nuestro y familia.

Este ejercicio de anti-consumismo, insisto, no es una cuestión de tener o no tener, sino de ser o no ser. Y lo más importante es que, de alguna manera, hay que trasladárselo a los niños. Ellos, por pedir que no quede, pero es bueno que sepan analizar un poco y dar prioridad a sus regalos. En el caso de Cris y yo, lo que solemos hacer es dejarles escribir tres cosas, de las que una ha de ser útil: ropa, algo que necesiten y no sea para jugar, una mochila para el cole, cosas así. Solo tres. Luego, claro está, nos enteramos de alguna otra para poder echar una mano a la familia cuando pregunta, pero nos parece importante que los niños se coman un poco la cabeza con lo que realmente van a usar y lo que no.

Que sean conscientes de que tal juego lo pidieron y lo han usado muy poco suele ser muy conveniente. Que se den cuenta de que para ellos no es lo mismo un regalo que otro, que algunos los aprovechan mucho y otros no tanto, les ayuda a valorar las cosas. Y, en el fondo, se trata de eso: de que valoren lo que tienen.

Estoy diciendo esto teniendo este año un gasto como los 500 del PC de Santi, pero no deja de ser una cuestión de que tengan que decidir, poner en una balanza, valorar. Los Reyes son lo contrario de lo que se supone que predica el cristianismo, que es el origen de la fiesta: son un exceso de consumismo. Realmente, los niños se ilusionan con cualquier cosa, pero hay unas que acaban arriba, en el altillo del armario, o abajo en el trastero, y otras que no. No se trata solo de que nosotros seamos conscientes: se trata de que ellos también.

En definitiva, los reyes son una buena oportunidad para educar a nuestros hijos.