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miércoles, 31 de mayo de 2017

Serie "Puñeteros genios"

Compensaré la ausencia de posts estos dos últimos meses con una serie de posts sobre gente a la que yo considero "genios". El término "genio" está muy extendido y, creo, la definición de lo que es un genio es diferente de una persona a otra. Así que voy a hablar de esas personas a las que yo considero genios de verdad. Desde luego, no hablo del término técnico, que es una persona que tiene una inteligencia por encima de la superdotación.

Mi definición de "genio" es doble. Por un lado, están los genios que muestran o mostraron una increíble capacidad, fuera de lo normal, en algún campo concreto. Ejemplo típico es Mozart. Pero esta serie no va de esos genios, sino de mi segunda definición de genio, que exige que una persona tenga dos características. Primero, que haya estado involucrado no en uno, sino en varios éxitos de innovación (uno puede ser fruto del azar). Segundo, que al menos uno de esos éxitos haya sido disruptivo, es decir, una innovación que no fuese predecible y difícilmente imaginable. Una de esas innovaciones que se ajusta a la famosa cita de Steve Jobs "la gente no sabe lo que quiere hasta que se lo muestras".

Esos genios no tienen por qué ser innovadores muy positivos. Pueden ser gente criticada y vilipendiada de lo lindo, con o sin razón. Pero si cumplen lo que he dicho, para mí entran en la categoría y tendrán su sitio en la serie.

¿Qué genios recorreré en esta serie? Pues John Wanamaker, Steve Jobs, Walt Disney, Elon Munsk, Leonardo da Vinci, Sir Isaac Newton... Pretendo publicar un post cada primer lunes del mes. El primero, por tanto, el lunes que viene. Hablaré de Walt Disney.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Educar en el error

Tiempos muertos: Cuando voy en el coche, cuando me acuesto y busco la forma de dormirme, cuando estoy esperando que algo compile, cuando voy solo de paseo a comprar. Tiempos muertos donde pienso en las cosas que hacer o, si ya las tengo pensadas, los temas que me gustan. Uno de ellos, el lector asiduo de mi blog lo sabe, es la educación, especialmente la pre-universitaria. Y ayer, dando un paseo, pensé...

Los grandes aprendizajes provienen de la repetición y el error. Los primeros, cuando son aprendizajes de memoria. Los segundos, cuando se trata de experiencia, esas conclusiones que luego aplicas cuando en la situación identificas un patrón que coincide con aquel en que cometiste el error. Y evitas el error, aplicando soluciones nuevas que, esta vez sí, funcionarán. Ese error ayuda, es positivo. Pero mi sensación es que todo error es penado en el colegio. Mis hijos ven el error como un fallo que se toman con mala actitud y, normalmente, veo lo mismo en los hijos de los demás. Más aún: yo recuerdo percibirlo igual hasta que me di cuenta de los grandes beneficios de equivocarse. Lo malo no es equivocarse: es equivocarse siempre. ¿Por qué? Porque implica que no sólo tropiezas, sino que además no aprendes.

Una de las cosas que más me gusta escuchar o leer en Internet son los "post mortem": charlas con las conclusiones de proyectos terminados, y normalmente fallidos, que los desarrolladores hacen para que la comunidad se beneficie de su experiencia. En mi empresa no hacemos post mortem. Cuando un proyecto termina tenemos el siguiente en cola y, en las prisas, mantenemos errores una y otra vez a lo largo de los años. ¿Cómo enseñar todo esto a los niños?

Creo que el "post mortem" es una herramienta poderosa. Y lo sería también para los niños si trabajasen en proyectos con objetivos específicos. Es uno de los diversos motivos por los que creo que las enseñanzas en el colegio deberían basarse en proyectos. No lo que ahora llaman "proyecto", que suele ser una temática alrededor de la cual reunir los temas (son proyectos para el profesor, más que para el alumno). Proyectos donde los alumnos, en equipo, deben aplicar lo que aprenden para lograr un objetivo concreto y medible. Y se les evaluará juntos según lo hayan logrado. Pero, además de evaluar qué tal aplicas los conceptos, es bueno evaluar qué tal aprendes de tus errores: debería haber un "post mortem" evaluable, de forma que los chavales sean capaces de obtener nota y percibir sus errores como una fuente de recompensas: una oportunidad.

...y ahí me quedé al terminar mi paseo.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Pensamiento mañanero

Venía yo en coche esta mañana, a eso de las 6:30, dándole vueltas a la costumbre que tienen tantas personas letradas de juzgar a la gente según su nivel cultural. Adoradores de las letras, creen que la cultura es siempre, en última instancia, "el libro"; piensan que quien no "lee" con asiduidad es a bien seguro un cafre, y que la falta de "lectura" en los niños es el mayor mal del mundo. Son el sostén indiscutible de ese topicazo que dice que los niños "tienen que leer", porque si no leen serán ignorantes.

Me hubiese encantado ser buen "lector". Lo echo de menos. Pero no me considero una persona ignorante. ¿Cómo puedo no ser ignorante si no he sido un ávido "lector"? ¿Qué define a una persona culta? Creo que culto es aquél que se hace más preguntas de las que es capaz de contestar. Es quien cada vez tiene más y más preguntas. Porque si algo hace el conocimiento es generar más incógnitas. Culto es quien pretende responder a esas preguntas y, en el camino, va viendo que cada vez hay más. Pero disfruta respondiéndolas. Me resulta curioso que, cuando se habla de cultura, suele venirme a la mente una persona de letras. Sin embargo, me he encontrado más profesionales de las ciencias que, preguntándose, dedican ratos libres a las letras, porque allí también encuentran preguntas que contestar, que lo contrario. No recuerdo a mucha gente de letras que en sus ratos libres se ponga a investigar sobre genética, por ejemplo.

A mi entender, el problema son un par de confusiones entre términos, de ahí los entrecomillados en los párrafos anteriores. Se confunde "leer" con "leer novela". A mí nunca me faltaba un libro cuando era pequeño, pero solían ser atlas y libros de consulta, ya sea científica o de historia. Novelas, ni una. O sea, no soy buen lector... ¿o sí? Creo que cualquiera diría que no. De hecho, mi madre luchó mucho porque "leyese", infructuosamente. Anda que no ha dado vueltas por mis manos "El búho que tenía miedo a la oscuridad". Pero siempre estaba con los atlas.

Lo segundo que suele confundirse es "libro" con "lectura". El libro electrónico ya es considerado "libro" por muchos, aunque hace unos años había una estúpida guerra al respecto. Pero la web no lo es, cuando sí es lectura. Recorrer la Wikipedia, como hago yo en días de tedio, aprendiendo muchas cosas de temas dispares, es lectura. Pero no coges libro alguno, electrónico o de papel. Y no son novelas.

Así que, cuando alguien habla de que los niños "no leen", normalmente se refiere a que los chavales de hoy no tienen gusto por la novela. Y eso es un gran error. A mí me da lo mismo si tienen entre las manos un libro de papel o no: quiero que se hagan preguntas y tengan inquietud por responderlas. Sé lo que encontrarán: más preguntas. Ese proceso define de verdad al ser culto. Eso quiero para mis hijos, y me importa un pito si, para eso, han hecho una ficha de lectura este trimestre para el colegio u ocho.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Radiación en el colegio

Ayer, hablando con mi hijo sobre el calor, comenté algo sobre la "absorción de la radiación" o algo por el estilo. Y me hizo un comentario curioso que me hizo sospechar que había un malentendido por algún sitio: un problema de disparidad de conceptos entre lo que él entendía por "radiación" y lo que yo entiendo por "radiación". Al preguntarle quedó patente que en el colegio le han enseñado el significado que, estando bastante extendido, es muy incorrecto y lleva a mucha gente a creer cosas que no son.

Ya he hablado sobre el tema en algún post y, creo, también en Sheldonadas, otro de mis blogs: la radiación no tiene por qué ser dañina. Hay radiación ionizante, que sí lo es, y radiación no ionizante, que no lo es. La luz es radiación. Y el calor. Y el sonido. Hay radiación electromagnética, acústica, de partículas... Y, con toda esta radiación, mi hijo sólo "sabe" que es dañina.

Que la gente tenga ideas equivocadas es a veces inevitable. Pero que el colegio sea parte de la generación y mantenimiento de equívocos tiene miga. Se supone que las personas que trabajan ahí tienen conocimientos suficientes de lo que enseñan. Y se supone que, en cualquier caso, los libros de texto poseen contenidos que son correctos. Claro, que teniendo el libro de "naturales" de mi hijo, en su primera página, un dibujo del Sistema Solar con un inexistente "cinturón de Kepler", pues... No sé yo. Y sí: son erratas. Pero oye... Hay erratas y erratas. Y los libros de texto no son el mejor lugar para tenerlas, máxime cuando son conocimientos que no cambian tanto como para que nadie se dé cuenta a lo largo de las ediciones.

En fin, que me ha sorprendido, simplemente. Ya sé que las cosas son así. Sé que no hay sistema perfecto. Pero caray... Me da la sensación de que, sin mi apoyo en casa, mis hijos acabarían cometiendo los errores que en Sheldonadas suelo denunciar.

¡Ay, la educación! Ese tema.

jueves, 17 de noviembre de 2016

La RAE, la madre de Puleva y el famoseo extremo

Yo alucino. De verdad. Esto ya se sale de mi entendimiento. Cómo puede la gente ser tan manipulable, increíblemente ignorante y falta de pensamiento crítico.

Todo habrá empezado, seguro, con algún cerebrito de Puleva o la empresa de marketing de turno a la que paguen, buscando formas originales de liarla con tal de conseguir salir en los medios. Y, para ello, nada mejor que emprenderla contra la RAE. Porque la RAE, que es patrimonio de todos los españoles y gentes hispanohablantes, qué más nos da la reputación que tenga. Así somos. Como con las chorradas del supuesto machismo lingüístico su reputación ya sufre innecesariamente, estarán acostumbrados. Qué más da. Y en un todo vale, deciden que la primera acepción que el diccionario tiene de "madre" es primitiva o qué sé yo.

Así que llaman a unos cuántos famosos (y a ser posible, madres), les cuentan el asunto y ellos se ofrecen tan pichis para la campaña, haciendo un vídeo para firmar una petición (qué moda ésa, oye) que inste a la RAE a cambiar la definición de la palabra "madre". Espero que, al menos, cobren, porque si van a demostrar la misma estupidez supina que los firmantes, que lo hagan ganando algo.

El DRAE tiene varias acepciones para "madre", y esa es la primera. Seguramente les guste más la tercera. En cualquier caso, todas valen para según qué usos, porque para eso están las acepciones. Pero para qué vamos a mirar el diccionario: no lo hacemos desde que nos obligó algún maestro plasta en el colegio y, desde entonces, apoyamos quitar horas lengua en favor de inglés porque para qué puñetas quiero yo hablar bien español pudiendo lucir en pitinglish. ¡Ah, que son famosos en un vídeo! Oye... Pues cómo no van a tener razón ellos, claro. Para qué vamos a preguntarnos si será verdad lo que dicen los medios: eso sería tener un mínimo de pensamiento critico. ¿Ese logo de Puleva? Ni lo había visto. Y si lo he visto, da igual, porque lo dice "la Carbonero" y esa fijo que sabe de eso.

Y no, Vicky, querida: la RAE no conoce a tu madre ni falta que hace, porque no se trata de describir a tu madre, sino a lo que significa la palabra "madre". No se trata de definir a la madre del vecino, sino el concepto que expresa la palabra. Entonces veo que las propuestas de definición incluyen "única", "valiente", "extraordinaria"... Tome nota la RAE: las madres que no sean valientes, no son madres. Y si no son extraordinarias, tampoco. Eso sí: que hayan parido o ejerzan las funciones de una madre da lo mismo. Es que... ¡¿En serio?! ¡¿Pero alguien en su sano juicio puede pensar que si la RAE introduce algo así en la definición estará cumpliendo con su función?! ¡¿Pero qué le pasa a toda esa gente, a esas casi 15.000 personas?! ¡¿Lo están diciendo en serio?!

A este paso, los hechos me forzarán a caer en el pesimismo social y el españolismo negativista de Pérez-Reverte. Y me resisto.

Antes me negaba. Ahora como mucho me resisto.

martes, 15 de noviembre de 2016

Acción de Gracias

Ya está ahí la Navidad. Ha llegado el frío, aunque igual se va de nuevo. Los anuncios de juguetes y colonias se suceden. Y, desde hace unos pocos años, se oye hablar en España del "Black Friday". El 24 de noviembre, jueves, es Acción de Gracias en Estados Unidos (en Canadá fue hace tiempo, en octubre), el momento de los grandes regalos en ese país. Así que el viernes 25 se inicia la campaña de Navidad, y lo hacen a lo grande, con enormes descuentos.

A mí, católico practicante, reconozco que hay fiestas de otros lugares, incluso otras religiones, que me parecen muy atractivas. Evidentemente, no es plan estar todo el día de celebraciones, pero por poner un ejemplo, como cristiano que soy me gustan algunas fiestas judías que conmemoran hechos bíblicos, de esa parte de las escrituras que comparto con los judíos. Son festividades que nosotros hemos perdido o, más bien, transformado.

Acción de Gracias es una de esas festividades que me gustan. Eso de dar gracias por lo que uno tiene es bonito. No hablo ya desde una dimensión religiosa, que también. Hacerse uno consciente de lo que tiene y celebrarlo, creo que ayuda a tener una visión más optimista y menos quejica de la vida. Es una de esas cosas que habría que hacer todos los días pero no se hacen. Reservar un día en el calendario para ello resulta instructivo. Es un recordatorio. Y un recordatorio bonito que se comparte con los demás. Para colmo, Acción de Gracias suele celebrarse en familia, alrededor de una mesa llena de buena comida y bebida. Y a mí esas ocasiones me recuerdan a mi infancia y me encantan.

Esas celebraciones son bonitas en verano, pero en invierno tienen un no sé qué... Supongo que estar tanta gente juntita en un lugar cálido, frente al frío exterior. Además, cenando, lo que implica que ahí fuera está oscuro. Me da la sensación de hogar. Hogar lleno de gente. De familia. De unidad. Luego nos tiramos los trastos, pero toda excusa para reunirse en el calorcito de un comedor, hablando, discutiendo, liándola si es necesario, celebrando algo por estúpido que sea, me reconforta. Pero no dos o tres. Cuantos más, mejor. Si son menos de diez, no mola tanto.

Así que Acción de Gracias, como la Navidad, lo tiene todo. Familia, frío fuera y comida. Adorable. Y, encima, un buen propósito. ¿Se puede pedir más?

Pues nada... ya está aquí la Navidad.

viernes, 28 de octubre de 2016

Reactivando mi vida

Dije que no escribiría en un mes y, salvo cierto post puntual, así ha sido. No me planteaba que fuese un mes exactamente, pero acabo de ver la fecha del post en que lo dije y sí: un mes y un día, oye. Qué puntería.

Se me ha pasado rápido, y no tengo claro que haya resuelto el 100% de las cosas que necesitaba solucionar en mi cabeza, pero bueno... Voy arrancando de nuevo. En general, estoy contento. Echo de menos, eso sí, más acción social. Echo de menos dedicar algo de tiempo, de ese tiempo que no tengo, a echar una mano en campos que considero importantes o de mi interés. Uno de ellos es, todo lector de este blog lo sabe, la educación en computación. En general, en cualquier ciencia o tecnología, porque me parece que no se enseñan bien, pero en computación especialmente. Y, además, me gusta promover la igualdad de género, porque la mujer, nos guste o no, sufre cierto grado de discriminación hoy día.

Así que la causa de enseñar a niñas a programar me atrae muchísimo. Por eso sigo las actividades de iniciativas como Girls make games o Girls who code.

En Estados Unidos, he leído repetidas veces, las niñas comienzan a decantarse por otras disciplinas en la adolescencia. Lo trágico es que, entre sus motivaciones, está que piensan que los chicos lo hacen mejor y que no está bien visto entre sus compañeras. Muy triste, ¿no? Yo pensaba que eso era sólo por allí, al otro lado del charco, pero resulta que hoy leo en El Mundo que aquí también pasa. Me he sorprendido y preguntado a mí mismo si iniciativas similares a las antes citadas podrían llevarse a cabo en España. Supongo que sí. Y... ya. Punto.

Digo yo que todo el mundo esperaría ahora por mi parte un "venga, va, me voy a poner". Pero soy el tipo de persona que en una iniciativa de ese tipo puede resultar muy útil, pero no del que las empieza. No sabría cómo, ni montar eventillos, ni campus, ni enfrentarme al problema de la falta de material o financiación... ni mucho menos vender la idea. Yo, por ganas, me plantaría en el AMPA o el colegio y les propondría hacer talleres para ellas, las niñas adolescentes. Pero venderlo me cuesta, este colegio es de decir "no" a todo y yo qué sé... Supongo que acabaré mencionándoselo a alguien.

Que las niñas puedan dedicarse a lo que les guste, saberse tan buenas como los chicos y mandar a la mierda a las estúpidas que creen que la tecnología es de tíos creo que merece, aunque sólo sea, comentarlo.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Esta España nuestra

ADVERTENCIA: Este post es de los largos.

Pese a no haber leído ninguna de sus novelas (tarea en cola desde hace tiempo, como tantas otras), sigo a Arturo Pérez-Reverte en Twitter y suelo leer sus artículos en "Patente de corso". Lo hago porque me gusta leer a un amante de la historia y la lengua. Sé que hay muchos más amantes de ambas cosas por ahí, pero él es mediático, y de ahí que le conozca. Al resto no tanto. Además, Pérez-Reverte tiene un "no sé qué", que hace que me guste leer lo que escribe. Es ese pesimismo al hablar de España y los españoles. Esa forma de cagarse en el mundo, tan vil. Esa manera de dar por perdido al país y sus incorregibles gentes. O, tal vez, lo contrario: ese atisbo de esperanza que se ve en él en algunos momentos, como si se resistiese a mandar a la mierda lo que para él parece irremediablemente arruinado.

Lo curioso es que no siento su lectura agradable porque esté de acuerdo, sino todo lo contrario. Mi visión de España es bastante más positiva que la suya. Mucho más. Es la pizca de desesperación por leer cosas así y no poder contestar, tal vez, lo que me lleva a leerle. Creo que la suya es la visión generalizada que tenemos los españoles de nuestra historia. Como todo, la historia puede ser interpretada. Los hechos son los que son. Pero toda botella puede verse medio llena o medio vacía. Un pesimista siempre puede ver la botella llena como un pozo de agua corrupta, y un optimista la vacía como una oportunidad para llenarla de agua fresca. Pérez-Reverte tiene tras de sí, como viejo perro de la prensa de guerra, un bagaje de conflictos y miserias. Supongo que habrá visto lo más inmisericorde de la naturaleza humana, y eso ha de marcar. Seguro. El problema, claro, es que su influencia es grande, y su pensamiento impregna el de mucha gente.

La historia de España tiene un periodo clave: la Era Moderna, especialmente su inicio. Los siglos XVI y XVII de España son grandiosos. Sin embargo, los españoles tendemos a verlos como una muestra del españolismo más cutre y de la vileza de nuestra nación. Nuestra visión de esos años es negativa. Resulta curioso que, mientras otras naciones observan el momento álgido, en que fueron potencias, como un tiempo positivo del que estar orgullosos, los españoles hacemos lo contrario: España gobernó y lideró en todos los aspectos medio mundo y nosotros sólo vemos pérfidos actos, corruptelas palaciegas y errores, muchos errores. Un asco, vamos.

Siempre he atribuido esa opinión a la ignorancia sobre la historia de España en particular, y del mundo en general. Pero claro: el señor Pérez-Reverte es de todo menos un ignorante. Supongo que es posible que ambas visiones, la generalizada de los españoles y la particular de don Arturo, aunque coincidentes en sus conclusiones, sean diferentes en sus motivos. O igual es que yo soy muy optimista.

Sea como fuere, me parece que en nuestra historia hay muchas cosas, positivas y negativas. Y eso pasa en la de todas las naciones del mundo. Todas las naciones tienen sus miserias. Lo que nos caracteriza no es la cutrez y perfidia: Vayan al sur de Estados Unidos a ver qué encuentran; revisen la historia de la Inglaterra de Enrique VII; lean sobre el colonialismo británico y sus masacres. Claro: todos tienen un armario lleno de mierda. Nosotros también. La diferencia entre ellos y nosotros es que ellos no se recrean exclusivamente en sus errores, una y otra vez. Porque hablar de ellos está bien: recrearse no. Y ocultar el optimismo tampoco.

Y no culpo de eso a quienes contaron pérfidas mentiras sobre nosotros en el s.XV, desde Inglaterra y los Países Bajos, tratando de provocar a la ciudadanía para rebelarse contra el español invasor, no: hicieron lo que pudieron y lo hicieron bien. Culpo de ello a quienes fueron incapaces luego, en España, de rescatar la verdad. Y a quienes son incapaces de rescatarla ahora, teniendo los medios. Culpo a quienes, hoy, creen que para hablar de España hay que mencionar siempre su miseria. A los autores de cine y literatura, incapaces de escribir una línea, de guión o novela histórica, que simplemente deje bien nuestro lugar en la historia. Esa visión siempre negativa. No faltan a la verdad. O sí, porque en muchos casos lo que veo es falso a más no poder, pero se recrean en lo negativo. Venden lo negativo y, al fin, generan una visión negativa. Porque hacer historia no es contar verdades: es contar toda la verdad. Y si te quedas sólo en una parte -siempre la negativa-, cuentas medias verdades que, como suele decirse, son peor que la mentira.

No pretendo ser crítico con el señor Pérez-Reverte: su visión es comprensible, dadas sus experiencias. Pero es que todo hijo de vecino en este país parece hacer lo mismo. Y no: no es porque nuestra historia sea así. Podría alguien escribir una hermosa novela sobre Luis Vicente de Velasco, o una película estupenda sobre la Carrera del Glorioso. Y estoy seguro de que, aún así, con un tema fantástico de españoles que lo hicieron fenomenal, el pulsa-teclas de turno aprovecharía escenas para meter a la Inquisicón en su formato más vil y pseudo-histórico, algún comentario o monólogo sobre la miseria de la España de la época o lo que sea con tal de marcar bien marcadito que los hechos de esa película, novela o producto cultural -que no culturizante- que estamos disfrutando es una excepción. Que sí: que esta historia es muy bonita, pero todo lo demás era absoluta porquería.

Sé que el objeto del cine y la literatura de ficción no es enseñar historia. Para eso están los libros de historia. Los buenos. Pero, pese a no ser su objetivo, la realidad es que lo hacen: son fuentes de conocimiento para muchas personas que o no tienen suficiente interés o, pese a tenerlo, no tienen tiempo que dedicarle y tratan de aunar ocio y saber con la lectura de un libro que, creen erróneamente, les va a enseñar historia. De la buena. Y no: no es así, pero ellos creen que sí. Y nos vamos a un problema filosófico, ético, moral o como quieran llamarlo: Si vendo algo con un objetivo y resulta que las consecuencias son otras -y negativas-, una vez soy consciente, ¿es ético seguir vendiendo lo mismo con la excusa de que dichas consecuencias son culpa del usuario? ¿Es correcto escribir siempre cuentos donde el lobo es el malo porque, total, si alguien quiere saber sobre lobos que lea? Y si luego la sociedad tiene una imagen negativa de ellos, pues que se fastidien los lobos: la culpa es que la gente no se preocupa por conocer la verdad. Pues hombre... No.

No pido a los autores que sean optimistas y cuenten sólo cosas bonitas. Pero sí que no siempre sean tan negativos. La historia de España, mirada con cierto optimismo (realismo, diría yo: equilibrio), es aún más hermosa que vista con pesimismo. Créanme. Pruébenlo. No sé... Me parece que hemos hecho muchas cosas bien. Y que sí: siempre al final la cagamos: Pero eso lo hacen todos. ¿O es que algún país ha sido potencia durante toda la historia? Todos caen, todos lo hicimos. Y Estados Unidos lo hará también. Y China, que es la que asoma ahora. Todos la cagan. Siempre. ¿Y qué? Así es la historia. No somos peores que los demás por ello.

viernes, 29 de julio de 2016

Un día de ocio de la familia 4.0

NOTA: Este post es parte de una serie sobre la vida 4.0. Recomiendo leer el primero, que dio lugar a la serie.

Vámonos de vacaciones

La familia Personita tiene ganas de hacer un viaje. De irse. Cambiar de aires. Habla con unos amigos y deciden todos largarse a una casa rural para pasarlo bien. Papá Personita abre la app de viajes que suele usar y crea un nuevo viaje. Pone como acompañantes a sus amigos y establece un presupuesto. La app ya sabe qué coche tienen: lo pusieron al darse de alta, así que es capaz de calcular costes, así como gastos de estancia, comida, etcétera. Además, conoce los gustos de las dos familias. Pone las fechas del puente que hay dentro de un mes y pide a la aplicación que busque opciones. La aplicación le pregunta si quieren algo nuevo o conocido, y Papá Personita, tras comentarlo con Mamá Personita, pulsa la opción "algo nuevo".

La aplicación busca lugares diferentes, donde no haya estado ninguna de las parejas. Primero busca sitios cuyo precio medio de alojamiento esté dentro del presupuesto y a una distancia aceptable para que el tiempo de viaje sea razonable. Internamente, clasifica todas las opciones que encuentra según cuánto gustarán a las parejas, dados sus conocimientos de los viajes pasados y sus opiniones. Una vez dispone de una lista ordenada de opciones, se pone a buscar en ellas alojamientos disponibles y a eliminar aquellas zonas donde no haya nada. Hace cálculos de precios totales, contando la casa, el trayecto, comida, salidas (si a las parejas les gusta comer fuera), entradas a monumentos y museos (si a las parejas les gusta hacer ese tipo de visitas), etcétera.

Finalmente, Papá Personita ve un listado de viajes completos, con presupuestos prácticamente cerrados, dentro de lo establecido. Le llama uno de ellos la atención, porque es una ciudad que nunca ha visitado con ruinas romanas. Lo revisa: Al seleccionarlo, la aplicación ofrece alternativas de alojamiento, rutas y restaurantes. Además, hay un mapa de la ciudad con sus puntos de interés, donde vienen resaltados los que probablemente más les gustarán.

En el mapa, la aplicación ofrece la posibilidad de generar un recorrido. A Papá Personita le encanta esa funcionalidad. Va señalando lugares para marcar una ruta. La aplicación va calculando horas según la distancia de un sitio a otro y la duración típica de las visitas a los diferentes monumentos. Arriba, va señalando la hora estimada de cada parada y el coste total de la visita, teniendo en cuenta descuentos por familia numerosa y similares. Cuando detecta que en cierto lugar se acerca la hora de comer, lo marca y propone a Papá Personita sitios donde hacerlo, con sus precios aproximados.

Cuando termina el itinerario, contrata el viaje y la aplicación cierra las reservas. Todo listo.

De viaje

Es viernes, y Mamá Personita está trabajando. Al terminar, piensa en las cosas que debe revisar antes del viaje. Le gusta tenerlo todo bien atado porque Papá Personita siempre olvida algo.

Mientras baja en el ascensor, abre en el móvil la aplicación de estado del coche familiar, que evidentemente es eléctrico. La aplicación muestra el estado de los principales indicadores técnicos, carga de la batería, etcétera. Los revisa. Todo parece estar bien. Papá Personita, que es quien suele usar ese coche para ir a trabajar, ha gastado parte, claro, pero queda lo suficiente para ir a la casa rural.

Cuando llega a casa, Papá Personita ya está allí con los niños, a quienes acaba de recoger. Viven en una urbanización cerrada y en el garaje, que es común, muchas de las plazas tienen toma de carga con llave. Cuando llegas, metes la llave, que desbloquea el enchufe. Metes el enchufe y quitas la llave. Se necesita la llave para desenchufarlo de nuevo y, si hipotéticamente alguien lograse desenchufar el coche, la corriente se corta hasta que se vuelva a meter la llave y se enchufe de nuevo el coche. Es un sistema seguro que garantiza que sólo el dueño de la plaza usa ese punto de carga.

Tras luchar un poco con los niños para que se cambien de ropa, meten el equipaje y se van de viaje. Conduce Papá Personita, que está más acostumbrado al coche familiar, ya que es quien lo usa cada día. Según salen de la casa y se alejan 100 metros, una alerta suena en el móvil: la lavadora está cargada de ropa. Se les ha olvidado tender la colada. Bajan, tienden y se van de nuevo.

Mientras salen de la ciudad, el móvil detecta que están a unos cuantos kilómetros, así que avisa preguntando si se quiere poner la casa en modo viaje. Mamá Personita pulsa el "sí": la casa entra en modo de ahorro energético, activa alarmas e inicia una secuencia de acciones para que parezca que la casa está habitada durante ese tiempo. Nunca se sabe quién puede querer robar en ella. La casa, cada mañana, con cierto margen de aleatoriedad, subirá y bajará persianas o encenderá y apagará luces conforme a los patrones de uso habituales de la familia, que la casa conoce bien. Además, desactiva los enchufes de electrodomésticos innecesarios, como la televisión, la consola o el microondas, mientras deja encendidos otros como la nevera. Entre tanto, la batería de casa irá rellenándose cuando las tarifas eléctricas sean más bajas, como hace siempre, para poder usarla cuando son más altas y así ahorrar dinero en la factura.

El viaje es un poco largo y los coches eléctricos aún no tienen una gran autonomía, así que paran a cambiar la batería. El coche llega y para un momento. En la mitad de tiempo que suele tardarse en repostar gasolina, una base mecánica situada en el suelo, bajo el coche, quita la batería gastada y la sustituye por una en plena carga. Mamá Personita aprovecha para cambiar el sitio con Papá Personita. Pulsa un botón y el asiento se ajusta a lo que tiene memorizado para ella.

El resto del viaje es tranquilo. Papá Personita aprovecha para echarse un sueñecito, porque ha tenido un día de traca en el trabajo. Llegan a la casa rural. En cuanto se acercan, un mensaje avisa a sus amigos. Ellos no han recibido ninguno, así que son los primeros.

De visita por la ciudad

Las ruinas romanas parecen espectaculares. Tanto a Papá Personita como a la madre de la pareja de amigos les chifla la historia. Papá Personita se ha bajado la guía de la visita que programó hace un mes sobre el mapa. Aparte de indicar el camino, la aplicación señala cómo van de hora y, si se retrasan en algún punto, ofrece saltarse alguna visita menos interesante y, así, ajustar el horario. Además, como se han encontrado cerrado el restaurante donde pensaban comer, propone lugares cercanos.

Para los niños es estupendo. Llevan un iPod, que se conecta al móvil de Papá Personita y ofrece narraciones infantiles de leyendas de los lugares por donde pasan. Todas ellas las seleccionó Papá Personita en su día sobre el mapa.

Tras la visita a la ciudad y un día extra de relax en la casa rural, la Familia Personita volverá a casa. El móvil detectará su cercanía y avisará del tiempo estimado de llegada al ordenador, que irá poniendo todo a punto para que cuando lleguen todo esté listo. Encenderá la calefacción si hace falta para que haya la temperatura adecuada justo a su regreso. Encenderá los enchufes una hora antes. Además, los niños programaron en su día una rutina que enciende la consola cuando llegan de viaje, por si hay actualizaciones. Así no tendrán que esperar a que se instalen y podrán jugar según lleguen. Muy listos, los chicos.

Algunas soluciones empleadas:

Apps de viajes:
Si bien la descrita aún no existe, podemos recomendar Minube
Para programar todo lo de la casa:
IFTTT
Luces dinámicas:
Philips hue
Persianas programables:
Loxone

lunes, 11 de julio de 2016

En un futuro lejano, muy muy lejano...

La existencia de la especie humana es más frágil de lo que parece. Sobre todo si nos mantenemos en un único planeta. Una guerra, una epidemia, un cataclismo... Cualquier cosa puede causarnos un gran daño como especie y sumirnos en una nueva "edad oscura", como fue la Edad Media (o eso dicen algunos: yo no estoy muy de acuerdo en esa visión del Medievo).

Como digo, si la humanidad coloniza otros planetas la cosa cambia. Los grandes cataclismos, para empezar, sólo afectarían a uno de los planetas, por lo que nuestra probabilidad de supervivencia se dispararía. Las epidemias serían más fáciles de contener y las guerras, probablemente, tendrían efecto en un porcentaje menor de población, dado que sería raro que se extendiesen por varios planetas. Lo peor es que fuesen conflictos interplanetarios, lo que es relativamente probable que llegue a ocurrir.

Otro riesgo es la existencia de robots inteligentes a los que nos empeñemos en considerar esclavos o seres sin alma. Por que sí: somos así y nos gusta sentirnos superiores. Inevitablemente, si tal escenario llega a ocurrir, tendremos un problema. ¿Soluciones? Que por una vez la humanidad acepte que los robots inteligentes tienen derechos o que, en la lucha, aumentemos nuestras capacidades al menos tanto como ellos. Si aprendemos cómo funcionan nuestros cerebros, cosa a la que se llegará, podremos mejorarlos. Podríamos añadirnos coprocesadores, mejoras para reaccionar más rápido... Y ayudados de exoesqueletos, nuevos materiales y todo lo que estamos viendo hacerse realidad, podríamos combatir perfectamente a unos hipotéticos robots rebeldes. Me temo que la guerra distaría mucho de los escenarios de Terminator o Matrix. Me gusta más la visión de Overwatch.

Así que la humanidad tiene opciones. Muchas. Creo que nuestra probabilidad de supervivencia es alta. Soy optimista. Y creo, además, que estamos cerca de colonizar Marte. Y con "cerca" quiero decir este siglo. De la colonización a la creación de un entorno estable e independiente pasará tiempo: tal vez otro siglo. Así que, así a bote pronto, diría que si no la liamos por el camino y nos ponemos a pegar tiros o misilazos, en 200 años podría haber marcianos de pura cepa, orgullosos de su origen y con ganas de independizarse. No serán aún mayoría, pero los habrá.

Así que, si la guerra por la independencia de Marte (que la habrá, porque a los terrícolas no nos gustará eso de una República de Marte: así somos) la pasamos sin cargarnos media humanidad, nuestra especie habrá dado un gran paso por la supervivencia. Y aunque nos la carguemos, seguirá habiendo humanidad suficiente.

Y habrá robots entre nosotros. Y personas mejoradas. Igual todos lo están. Y seguirá habiendo diferencias sociales, aunque con más derechos, seguramente, lo que es bueno. Para los millones más desfavorecidos, esperan largos periodos hacinados en los puertos rumbo a Marte, que esperará inmigrantes como el llover. Intuyo que muchos de esos desfavorecidos serán robots.

Y así será hasta el siguiente gran cambio: el primer contacto con inteligencias de allende el espacio interestelar. Alienígenas.

De lo que no nos damos cuenta es que todo eso, que es probable que ocurra, lo afrontaremos mejor o peor según la posición de la que partamos. Cuando llegue el momento de lidiar con alienígenas, no es lo mismo ser los más desarrollados que los menos. Para los nativos americanos, desde luego, la cosa habría sido "un poquito" diferente si Pizarro hubiese tenido que lidiar con tanques, ¿verdad? Y ese desarrollo tecnológico es exponencial. Cada recurso que perdemos hoy son miles y miles, tal vez millones de recursos de desventaja cuando llegue el momento de la verdad y tengamos que tomar posiciones en una galaxia que, seguramente, está bastante más poblada de lo que pensábamos hace 50 años.

Ahora, pongámonos en situación de una máquina diseñada para elaborar estrategias de futuro para nuestra especie. Deshagámonos de toda humanidad. Olvidemos la pena o alegría de las muertes o las desgracias propias o ajenas. Pensemos de manera egoísta, como estrategas de una especie que se la jugará tarde o temprano. ¿Qué veríamos? Yo veo que toda esa gente que pasa hambre en el mundo, son recursos sin aprovechar. Que no hacemos trabajo en equipo alguno. Veo que estamos perdiendo el tiempo porque no tenemos un enemigo ahí fuera. Ese enemigo que no vemos, pero probablemente está. Y que nadie me venga con que serán majetes, espirituales y toda esa monserga: serán como nosotros y, gracias a eso, habrán sobrevivido. Se habrán caneado entre ellos todo lo posible y buscarán sacudirnos en favor de su hegemonía, porque, igual que nosotros, será su forma de llevar las relaciones con desconocidos.

Veo que pasamos tres pueblos del desarrollo de África o zonas de Sudamérica y Asia porque creemos que eso no es cosa nuestra pero no tenemos en cuenta que, si todo eso estuviese desarrollado tanto como occidente, el nivel tecnológico, cultural y económico de nuestro planeta sería BESTIAL.

¿La buena noticia? Que, probablemente, a esos que están ahí fuera les pasa exactamente lo mismo. Igual que en la Historia las culturas que más se desarrollaron fueron las que estaban junto a otras culturas, en esta futura historia pasará lo mismo. Seguramente, las dos culturas que se encuentren primero se desarrollarán mucho. Sí, claro: se pegarán, se zurrarán de lo lindo... Pero se desarrollarán.

Tal vez, en contra de lo que está de moda pensar hoy día, que no es bueno mandar mensajes ahí fuera por si vienen, sea lo contrario de lo que deberíamos hacer. A lo mejor mandar "emisarios" es una buena idea, para que vengan. Aunque lo más conveniente suele ser conseguir información, no darla. Sea como sea, tenemos las mismas probabilidades de estar tecnológicamente más retrasados que de lo contrario. Y, por ello, las mismas razones para ser optimistas que pesimistas sobre nuestro primer encuentro.

En cualquier caso, no estaría nada mal añadir un motivo más a nuestra lista de razones para combatir la pobreza en el mundo. Esa gente que pasa hambre está en nuestro barco. Está de nuestro lado. En esas regiones hay mentes que podrían descubrir curas, desarrollar motores, observar las estrellas. Toda esa gente trabajando con la capacidad de producción que tenemos en España es mucho dinero, mucha financiación y mucho desarrollo que nos podría llevar más lejos más rápido. Esa gente tiene algo en común con nosotros. Y la cosa cambia mucho cuando se piensa. Solemos razonar con la mente limitada a la Tierra, pero el Universo es mucho mayor. Eso que tienen en común es que son terrícolas.

Y nosotros también. Pensemos un poco, sólo de vez en cuándo, como terrícolas. Nuestro futuro puede depender de ello.

martes, 28 de junio de 2016

Cómo se recuentan los votos

Acabo de leer un texto, de esos que se hacen virales, sobre los defectos del sistema de recuento de votos. Si bien el texto es estrictamente cierto, no lo son tanto las conclusiones del mismo.

Lo primero es que suele tocarme un poco las narices esa tendencia a concluir que, cuando todos podemos hacer trampas, realmente las hace sólo el otro. Dice el autor "ahora entenderéis mejor por qué gana las elecciones un partido corrupto". Y no, la verdad es que esto no lo explica. Fundamentalmente, porque no es el partido el que maneja la mesa ¿o es que por ser presidente de mesa resulta que eres del PP? Si estadísticamente la mayoría de la gente estuviese contra el PP, lo suyo es que esa mayoría de mesas tenga presidentes y vocales contrarios a ese partido. Esa gente, puestos a hacer trampas, lo suyo es que las haga contra el PP, no a favor. Es decir, su tesis favorecería a quien más votantes tiene, a lo sistema D'Hondt, y no al revés.

En segundo lugar, es cierto que el sistema es vulnerable por la ausencia de testigos. Pero esa ausencia se da en la práctica por desconocimiento y comodidad. En teoría, el escrutinio es público. Es decir, si no te fías de la gente que cuenta en una mesa, puedes ir y contar con ellos. Pero claro, a las nueve de la noche... Nadie va. Correcto. La gente tiene la capacidad de ir y revisar. Y toda esa gente de partidos que pulula por ahí, los apoderados, tiene teóricamente la labor de hacer eso mismo, revisando los conteos. Otra cosa es que quieran estar ahí para decorar y que al cierre de colegios se vaya a casita.

En tercer lugar, está la maravillosa conclusión fácil de "ahora entenderéis mejor por qué (...) no quieren hacer que el voto sea electrónico (sería mucho más barato, sí, pero demasiado fiable)". Pues no, señor mío. Las razones son, precisamente, de falta de fiabilidad. Un ordenador NO es fiable. Existe un vídeo muy bueno de Tom Scott, un británico experto en seguridad informática, sobre por qué el voto electrónico es una idea horrible. Por resumir, el voto electrónico está basado en algo invisible y difícil de comprobar, llamado software. Cuando votas, nada te garantiza que no se esté asociando tu voto a tu persona, lo que no debería ocurrir. Además, el software normalmente se testea con otro software, con lo que estamos en las mismas. Y, para colmo, hay que testear el hardware. Y créanme: si una marca de coches ha logrado engañar sistemas de test de emisiones durante años, lo mismo puede pasar con las elecciones. Con una diferencia: para cuando nos demos cuenta, un candidato puede haber salido elegido varias veces sin poder revertir el error. Las bases de datos se hackean: es una realidad. ¿De verdad creen que por guardar votos la base de datos se vuelve invulnerable? Da igual: se perderán los datos o se corromperán. Quien lea mi blog sabe que soy pro-tecnología. Pues lea lo que un programador a favor de la implantación de la tecnología en cualquier ámbito de la vida tiene que decirle de esto: El voto electrónico es MUY MALA IDEA.

Lo bueno de ese texto, que me parece estupendo que se escriba, no son sus conclusiones, fruto de la ignorancia y el puro sesgo ideológico. Lo bueno es que hará que la gente piense en ello. Si alguno tiene problemas con lo que pase con su voto, lo tiene fácil: la próxima vez, plántese a las ocho de la noche, al cierre del colegio, en la mesa en que votó y sea testigo del conteo. Sé que siempre pedimos lo mismo: un sistema maravilloso que funcione sin que nosotros tengamos que hacer nada. Pero eso no existe. Que el sistema funcione depende de nosotros y, además, debe ser así. Es bueno que sea así. A menor implicación, mayor probabilidad de corrupción, pero el problema empieza en nosotros.

Hala, las próximas elecciones, a ver si hay ganas de levantar el culo del sofá...

viernes, 24 de junio de 2016

Replanteándose la educación más básica

Hace algún tiempo estuve revisando la historia del hombre: su evolución y su desarrollo tecnológico y cultural. Ha pasado mucho tiempo desde el primer homínido hasta hoy. En este tiempo, millones de años, nuestra fisionomía, cerebro, cultura y costumbres han evolucionado enormemente. Lo que me ha hecho pensar ha sido el hecho de que, según he leído, "un estudiante de hoy sabe más del mundo y el universo que cualquier gran mente de hace un par de siglos". Y es cierto. Hoy sabemos mucho pero, además, hay mucho que consideramos que es básico conocer.

Y de ahí este post, que no es de conclusiones, sino de preguntas. Muchas preguntas.

Y la primera es: si consideramos que la educación básica (primaria y secundaria, por poner), es tan extensa como para saber operaciones relativamente avanzadas, historia con cierto detalle, análisis sintáctico, fundamentos de física y química, capitales del mundo, nombres de ríos que no veremos en la vida... ¿Qué puñetas no es básico? ¿Quién establece lo que es básico? Supongo que expertos en el tema. Un matemático hará el programa de matemáticas, ¿no? Entonces, ¿hasta qué punto el matemático no cree "básico" algo que lo es en relación con el conocimiento completo de matemáticas, que es lo que él conoce? Yo considero básico en mi profesión algo que puede que quien no se dedique a la programación no vaya a usar en la vida. ¿Es eso realmente básico?

Y digo yo, ¿qué es "básico"?

Concibo la educación "básica" como aquella que nos proporciona conocimientos que debemos saber, porque hay una alta probabilidad de que vayamos a necesitarlos a lo largo de nuestra vida. Y, desde luego, algunos más conviene tenerlos aunque sólo sea para poder entender lo que otros hacen. El caso es que muchas veces leo a gente opinar sobre la educación en disciplinas concretas, como técnicas, y lo hacen en forma de "hay que promover la ingeniería entre los jóvenes". Entonces, ¿no estarán los expertos asesores cayendo un poco en "enseñemos más de lo nuestro para promover que los chicos lo conozcan y se metan en nuestra carrera"? ¿No habrá, además de un exceso de creencia de que nuestro campo de conocimiento es más importante que los demás, una tendencia a pensar que es bueno que los jóvenes sepan lo que hacemos y hagan lo mismo que nosotros? Algo parecido a los padres del s.XIX, que siempre querían que sus hijos hiciesen lo mismo que ellos.

Mi hijo mayor tiene ahora mismo la capacidad mental que permite a cualquiera hacer videojuegos. Le falta experiencia. Mucha. Pero capacidad mental tiene. A mí me cuesta enseñarle todas las semanas, porque el tiempo no me sobra. Una pena. Si mi hijo tuviese 100% claro que quiere programar juegos, ¿estaría justificado que su campo de estudio estuviese fundamentalmente orientado a eso? Problema: creo que hasta los 20 años ninguno lo tiene ni medianamente claro. Entonces, no enfocamos más el estudio hacia una disciplina u otra, ¿porque creemos que no tienen un cerebro lo suficientemente desarrollado, porque creemos que les faltan aún muchos conocimientos básicos o porque aún no saben lo que quieren?

Mi hijo de 10 años sabe de todo. Y, aunque nos parece que saben poco, porque nosotros sabemos más, la realidad es que, a poco que repasemos sus libros nos daremos cuenta de que mucho de lo que ahí aparece lo hemos olvidado o lo recordamos según lo leemos. ¿Eran cosas básicas? ¿Cuál sería la consecuencia de que no estudiasen todo eso? ¿Cuál sería la consecuencia de que nosotros no lo hubiésemos estudiado? ¿Pretendemos poner todo eso para que, sacando un 5, sepan lo realmente básico? ¿O es que en el s.XIX inventamos un sistema de enseñanza y, según aprendimos más, hemos ido añadiendo y añadiendo materia sin replantearnos que igual estamos dando por básico cosas que no lo son tanto?

Igual el tema es que creemos que nuestra disciplina es la más importante, cuando no lo es. Igual pensamos que, si un adolescente no sabe lo que para nuestro campo de especialización es básico, pese a que no lo sea para la vida, es un ignorante. Tal vez, sólo tal vez, el ser humano no está preparado para elegir su camino de manera fiable hasta los 20 y, hasta entonces, necesitamos tenerles ocupados porque tenemos que trabajar. Así que está bien que aprovechen y aprendan lo básico, lo que no es tan básico y lo que nos gustaría saber a nosotros, ya de paso. Puede que no queramos que hagan lo primero que se les ocurre por miedo a que luego cambien.

En definitiva, y ya sé que dije que no sacaría conclusiones, lo que tengo claro es que hasta lo más dado por seguro es hoy replanteable en educación porque, a poco que lo pensemos, es un sistema de 200 años, y en estos dos siglos ha cambiado todo tanto que algo de diseño tan antiguo ya no puede funcionar. Ni de guasa. No los programas o asignaturas, no: lo básico y fundamental.

Igual habría que reducir la jornada de estudio puro de los chavales, reducir "lo básico", y hacerles explorar más. Igual habría que ir concentrándose más en estudiar a cada niño y lo que le atrae y motiva, para guiarle pronto a algo que realmente le guste, que a revisar si sabe o no sabe cosas que luego olvidará para siempre. Igual el sistema debería ser más flexible y estar más enfocado a estudios para adultos trabajadores, para permitir que sea fácil cambiar, por si nos equivocamos; por si la tecnología avanza y necesitamos aprender más. Igual hay que enseñar lo "realmente básico" los tres o cuatro primeros años de infantil, aumentando las horas de juego para, luego, olvidarse de generalidades y empezar a orientarles a estudios más avanzados de disciplinas que se enmarquen en lo que van a ser de mayores, porque sabemos qué es lo que le gusta, permitiendo con ello una mayor especialización durante más tiempo.

Suelo pensar que lo que hay es por algo y, normalmente, es fruto de una evolución que tiene sentido. Pero hay ocasiones también en que replantearse lo más fundamental viene bien y lleva a revoluciones extraordinarias: puntos de inflexión en la historia. Me pregunto, para terminar, cuál de las dos opciones es la que debería aplicarse a la educación tal como la conocemos.

miércoles, 15 de junio de 2016

Clases sociales

Hace unos meses, acudí con mi hermana a una universidad, tipo escuela de negocios privada, de ésas cuyo nombre son siglas llenas de ies, es, enes y algunas eses de vez en cuándo: ESINE, IESE, INASE, EINES, TROLOLO... Igual da el nombre que tuviese. Era el día de puertas abiertas, y durante dos horas y media bombardearon a los padres con argumentos por los que estudiar en su universidad es bueno para sus hijos. Razones no les faltan: Pocos alumnos por aula, años de experiencia, un alto porcentaje de doctores, profesores que están en grandes empresas privadas, muchas charlas de emprendedores y gente experta, bolsa de trabajo con menos de un 7% de paro al terminar, fondo de inversores para crear negocios, fomento del emprendimiento, 18º mejor MBA de Europa... La pera, vamos.

A mi lado teníamos a una señora repuesta con su niño de pinta más que pija, cuyo padre llegó al rato muy trajeado y con el móvil en la oreja. El mismo móvil que le hizo salir y entrar tres o cuatro veces de la sala no sin antes molestarme para dejarle pasar. Y así era todo el mundo. Estaba en mundo-pijo, para entendernos. Me resulta chocante la idea de pensar en mi sobrino estudiando ahí, porque de pijo no tiene un pelo, pero la experiencia puede ser formidable.

Conduje de nuevo hacia casa pensando y, por la noche, examiné tranquilamente en el sofá toda la documentación que me habían entregado. Y me pregunté: "¿qué probabilidad tiene un chaval de algún barrio de clase media o media-baja, de estudiar en un centro como ése?" Mis conclusiones fueron terribles.

Para estudiar allí hay que tener dinero o ir becado. Una de dos. Si eres de clase social media-baja no tienes la pasta, así que necesitas ir becado. Visité la web de esa universidad para ver si disponen de becas. Y sí: así es. Una para discapacitados y otra para personas que necesiten ayuda financiera. ¡Aleluya! Tienen becas de... ¿un 15%? ¡¿de un 15%?! ¡Un 15%! ¿En serio? Si la carrera me cuesta 6000 euros al año, ¿de verdad creen que 900 marcan una gran diferencia? Sin duda, no es solución para gente sin muchos recursos. Por último, tenían un enlace a la web del Ministerio. Si no me he informado mal, estas últimas son de 1500€ máximo. Están pensadas, como es de esperar, para acceder a estudios baratos. ¿Públicos?

Luego está el problema del desplazamiento. Colegios hay en todas partes. Universidades no. Así que para encontrar un buen colegio igual tienes que moverte un poco, pero para encontrar una universidad privada te tienes que ir a zonas de alto nivel económico. O sea, lejos de las clases medias y bajas. Ir todos los días a una escuela de negocios que está en el quinto pino es un obstáculo que, al final, tienen de manera especial los de siempre.

El problema no es sencillo, pero creo que todos tenemos claro que requiere, para empezar, de tres cosas: cambios legislativos, estabilidad legislativa y financiación. Sin eso, que no tiene pinta de tenerse a estas alturas, no hay tu tía. Ni en educación superior ni en la básica. Una vez conseguido eso, hay modelos en el extranjero que son enteramente públicos y otros enteramente privados. No creo en esa discusión tonta y antigua sobre si todo tiene que ser así o asá. Lo de la "educación pública de calidad" es precioso, pero nada fácil de lograr. Yo creo en la libertad y en que ambos modelos pueden coexistir. Pero, se haga como se haga, debo decir que no es en el chico de barrio pudiente en quien hay que pensar: sus padres tienen recursos para darle lo que necesite, ya sea aquí o más allá de nuestras fronteras. Es en el del barrio humilde. El problema de esos chicos es el que hay que arreglar.

Ahí es donde se forja la igualdad, más allá de la sanidad, la defensa, la economía e, incluso, los derechos civiles. Es en la educación de quienes tienen menos. Porque, lograda ésta, esos jóvenes convertidos en adultos tendrán la oportunidad y las herramientas para forjar una sociedad mejor.

lunes, 13 de junio de 2016

La responsabilidad de publicar

Solemos quejarnos de la forma en que el periodismo ha ido perdiendo credibilidad, publicando sin informarse lo suficiente. Llega el becario de turno, pensamos, y mete una noticia que no está corroborada. Y pensamos en cómo puede ocurrir tal cosa. Son medios profesionales, de gran experiencia, y cometen ese tipo de errores. Y pensamos que uno ya no se puede fiar ni de los periódicos.

Un día, nos llega un correo sobre los números en la base de un tetra brick y lo reenviamos. Y recibimos otro sobre la chirimoya y su capacidad para curar el cáncer y lo pasamos a nuestros amigos porque hay que ver qué malas son las corporaciones. Y luego resulta que en el municipio hay una banda que secuestra niños en las salidas de los colegios, usando una furgoneta verde, negra, blanca o vete tú a saber. Y la policía, el ayuntamiento y el colegio tienen que andar desmintiendo chorradas. Y así, uno tras otro, te van mandando mensajes que no son reales, comúnmente denominados "hoax". Llegan al correo e, incluso, al grupo de Whatsapp que hay para los padres de la clase que, digo yo, no está para para eso. Claro, que casi nadie lo usa para lo que es. Y va la gente y los reenvía. Con dos narices.

Uno debe tener claro que, si publica algo, ya sea reenviándolo, colgándolo en su muro de Facebook, twiteándolo o poniéndolo en el grupo de Whatsapp de turno, se hace responsable de eso que publica. Da igual que no lo haya escrito: su difusión es su responsabilidad. Hay mil formas de asegurarse de que un hoax lo es. Y otras mil de asegurarse de la veracidad del mensaje. No podemos decir "pues lo reenvío" con la tranquilidad de que el otro verá si lo cree o no.

Internet es maravilloso. No permite llegar potencialmente a millones de personas sin necesidad de ser una gran empresa o disponer de presupuestos multimillonarios. Es un gran poder y, como todo gran poder, conlleva una gran responsabilidad.

Así que, por favor, sean responsables.

lunes, 6 de junio de 2016

Contraseñas, esa falsa seguridad

En mis ratos libres, suelo hacer alguna cosilla de web para otros. Amigos, colegas... Les echo una mano en sus proyectos web y, a cambio, implemento lo último que he aprendido y practico. Así que trasteo en sus sitios y, a menudo, me sorprendo de la carencia de seguridad en las webs y, al poder ver las contraseñas en la base de datos, ahí, abiertas, como si tal cosa (lo que no debería poderse hacer), me maravillo de la facilidad que tiene la gente para poner contraseñas tontas.

Hoy he leído que la contraseña más insegura de 2015 fue "123456". Me lo creo. Sí, sí: me lo creo. Por suerte, ya hay sitios que no permiten ese tipo de contraseñas. Pero los hay que sí y, entonces, la gente va y te planta un "123456". Alucinante.

Pero el problema que hay no es sólo la debilidad de las contraseñas, sino que se usa siempre la misma para todos los servicios habidos y por haber. Es alucinante. La mayor parte de la gente se aprende una contraseña y la usa para todo. Y, además, usa para todo la misma contraseña durante años. Y claro, como esa gente suele ser la misma que no tiene ni papa de cómo funciona Internet, de los que reenvían correos en cadena, los abren vengan de quien vengan, miran los adjuntos aunque el mail no tenga asunto, se instalan cualquier cosa, navegan por cualquier sitio y meten su tarjeta en cualquier lugar, pues pasa lo que pasa: que su contraseña para todo acaba en tropecientos sitios inseguros que guardan las contraseñas en texto plano. Ahí, con dos narices. Entonces alguien roba la contraseña y no tiene acceso a la cuenta de esa persona en ese sitio web, no: la tiene en todos los sitios web, incluso seguros, porque la personita usa la misma contraseña en todas partes. Ole que ole. Y luego Internet no es seguro.

El problema que tiene la gente es memorizar, así que vamos a dar algunas ideas para generar contraseñas más seguras. No infalibles, pero sí bastante más seguras de lo que la gente suele usar.

Un método pasable, aunque mejorable: El sistema del número de teléfono

El truco consiste en poner como contraseña un número de teléfono, cambiando algunos números por la inicial de la cifra, ya sea en mayúscula o minúscula. Por ejemplo: Si sabemos de un número que es 616 785 644, podríamos poner los tres primeros números, los tres siguientes mayúsculas y los tres últimos minúscula. Así: "616SOCscc". "SOC" proviene de las iniciales de "Siete Ocho Cinco", y el "scc" final, procede de las iniciales de "seis cuatro cuatro".

Esta contraseña tiene varias debilidades. La primera es que no se debería usar el propio número, porque entonces si lo consiguen por ahí probarán con este método. Use otro que conozca y no sea suyo. La segunda es que un patrón por tríos (tres números, luego tres iniciales mayúsculas, luego tres minúsculas), ya sea en el orden del ejemplo o en otro, es muy sencillo. Cámbielo e, incluso, hágalo más complejo.

Otra mejora es quitar un número, haciendo la contraseña de 8 caracteres, o añadiendo alguno. Se puede, incluso, quitar el primero (que suele ser siempre 6) y cambiarlo por un carácter especial, como admiración, interrogante o almohadilla. Ejemplo: #1S7OcSCc

En cualquier caso, es considerablemente mejor que "123456".

Un método mejor, si sabe buscar: El sistema de las frases

Coja una frase o fragmento de texto que pueda memorizar bien. Puede ser famosa o no. De hecho, mejor que no. Y haga lo siguiente:

  1. Vaya tomando las iniciales de las palabras y escribiéndolas.
  2. De alguna manera fácil de memorizar, ponga algunas en mayúscula, ya sea por inicio de frase o por otra cosa.
  3. Si hay algún número, póngalo como número.
  4. Si no hay número alguno, añada uno al principio o al final, a ser posible de un mínimo de dos cifras.
  5. Añada un signo de admiración o interrogación en algún lugar, si el sistema le permite ese tipo de caracteres.
Con eso, la contraseña será considerablemente segura. Veamos un par de ejemplos:

Cojamos los dos últimos versos del poema "Invictus", en español: "Soy el amo de mi destino: Soy el capitán de mi alma".

  1. Iniciales: "seadmdsecdma"
  2. Inicios de frase en mayúsculas: "SeadmdSecdma".
  3. No hay números, así que ponemos uno que podamos recordar, como el año de nacimiento de su autor (nos acabaremos acordando y, si no, sabemos cómo encontrarlo): "SeadmdSecdma49"
  4. Como carácter especial, voy a elegir una admiración en vez de los dos puntos: "Seadmd!Secdma49"
No hay narices de adivinar esa contraseña de buenas a primeras. Que sí: si se ponen la pillarán, pero les costará. Mucho. Y en un par de veces la hemos memorizado. Se pueden usar frases que tengan cifras, como el inicio de la "Canción del Pirata" de Espronceda ("Con diez cañones por banda...") o el inicio de los "Diez Negritos" de Agatha Christie ("Diez negritos se fueron a cenar...").

¿Pero todo esto es realmente seguro?

Pues hombre... Depende de cómo guarde su contraseña (su cabecita es su mejor aliada). Pero, para hacernos una idea, he cogido un par de sitios web que se supone que te dicen lo fuerte que es tu contraseña calculando, grosso modo, el tiempo que tardaría un ordenador en averiguarla por fuerza bruta. Veamos los resultados:

  • 123456: Instantáneo. Menos de un segundo.
  • 616SOCscc: Fuerte. Entre 2 y 4 días.
  • #1S7OcSCc: Muy fuerte. Entre 1 y 3 meses.
  • Seadmd!Secdma49: Entre 150 y 16 mil millones de años.

Pero, aún con todo, recuerden que la contraseña será tanto más segura cuanto más cuidado tengan con ella. Prueben, de momento, alguna frase fácil o lo del número de teléfono. Y, año tras año, según les dé, vayan mejorándola e implementando la última versión siempre en los sitios más seguros. Nunca usen en sitios de dudosa seguridad contraseñas que utilizan en lugares con datos personales, como Google o Facebook. Por último, un buen antivirus que impida ataques a su PC o Mac y un conocimiento mínimo de qué adjuntos no hay que abrir NUNCA.

Igual que en el mundo real dónde está su cartera depende sobre todo de usted, en Internet también depende de usted dónde acaba su contraseña.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Eterna discusión: videojuegos y violencia

Hace un tiempo vi el DICE Summit de este año 2016. Tras un excesivamente largo y soso discurso del Presidente de la Academia de Artes y Ciencias Interactivas, comienza una charla donde ponen, nada más comenzar, un extracto de un programa de 2012 donde Penn Jillette defiende los videojuegos cuando alguien trata de argumentar que jugarlos tiene que ver con una de las últimas matanzas estudiantiles de Estados Unidos. Hablamos, claro, de "Call of Duty". He aquí el vídeo (en inglés):

La matanza a la que se refieren es la de la Escuela Elemental Sandy Hook, en Connecticut. Un chaval de 20 años entra en ella y dispara contra los niños y los profesores, matando a 20 menores de 8 años y 6 adultos. Realmente trágico.

El chico que perpetró la matanza jugaba a "Call of Duty". También tenía diagnosticados varios problemas psiquiátricos, pero eso no parece importar tanto. Prácticamente todos los chavales que han entrado en un colegio y han tiroteado alumnos y profesores, que han sido varios en Estados Unidos, tenían, como mínimo, problemas psiquiátricos, especialmente relacionados con la empatía y socialización. Sinceramente, creo y a poco que todos lo pensemos podemos considerar, que esos problemas son una fuente más factible para esas tragedias que "Call of Duty". Pero supongo que decir eso provocaría las críticas de pacientes que los tienen y de asociaciones diversas diciendo que "no por tener esta enfermedad somos unos asesinos". Y es verdad.

Las matanzas en colegios se remontan a tiempos muy anteriores a los videojuegos, incluso al cine y la televisión. Se puede encontrar una lista en Wikipedia. Eso, claro, y siendo crítico, no quita para que algunos de los últimos autores de masacres escolares hayan sido jugadores de, no ya videojuegos, sino FPS (género de pegar tiros, tipo "Call of Duty" o "Doom").

La cuestión es, ¿generan los videojuegos actitudes violentas? No soy un experto, pero por lo que he visto y leído, sumado a echarle un poco de sentido común, me hago una idea.

En primer lugar, shooters hay muchos. Desde los más hardcore, tipo "Doom", en plan "sangre, sangre, sangre" a los más light, como "Splatoon", donde disparas pintura. Los primeros no creo que sean buenos para niños de corta edad. Y creo que todos podemos estar de acuerdo. Evitarlo es cosa de los padres. Los simplones y sin sangre ni muertes, como "Splatoon" no hacen daño a nadie.

En segundo lugar, insisto, hablamos de gente con problemas mentales. Si un enfermo mental se pone a atropellar a gente, dudo que la prensa se ponga en modo anti-coches: se preguntarán por qué han dejado conducir a ese tío. Pues los videojuegos igual. No entiendo que a un chaval sociópata medicado o con un perfil depresivo o lo que sea que tengan le dejen ponerse a jugar a un shooter violento. Pero aquí sí: se critica al videojuego. ¿Por qué? Porque es algo que no se ve como útil, algo que no está en la vida de quienes critican y a lo que no tienen ningún afecto. Pero, en el fondo, la situación es idéntica: no des a quien no puede tener un mínimo de responsabilidad porque tiene una enfermedad mental medios para que su cabecita empiece a generar problemas.

Y, siendo padre, entiendo que mi responsabilidad es, precisamente, controlar eso. ¿Tu hijo tiene un problema de ese tipo? Ayúdale. Ponerle delante de un monitor a matar, matar y matar no es precisamente lo más responsable, ¿verdad? Ni lo es ponerle frente a la televisión a ver "Gladiator", que enseña bien de sangre, no digamos una de Tarantino.

Así que dejémonos de criticar lo que desconocemos y vayamos a la razón de las cosas. El problema en toda esta historia, y no es un problema sencillo, es que hay gente con ciertos problemas que no reciben el apoyo ni la supervisión requerida por parte de quienes les rodean. Si ya me asombro cuando viene mi hijo de 8 años diciendo que sus compañeros juegan a "Call of Duty", lo que me parece por parte de sus padres una completa irresponsabilidad, no digamos si en vez de un niño de 8 años es uno de 20 con problemas psiquiátricos.

Quiero suponer que los médicos que tratan a estas personas advierten a sus padres de lo que no deberían permitir (como dejar que perciban cierto grado de violencia, sea en una película o un videojuego). También me encantaría suponer que los padres de este mundo saben a qué juegan sus hijos. Por desgracia, esto último tengo comprobado que no pasa. Resulta curioso cómo las AMPAs y Cuerpos de Seguridad dan charlas en los colegios sobre seguridad en Internet, para proteger a sus hijos de lo que hay ahí fuera, pero, como nos creemos que nuestros niños, hagan lo que hagan, son perfectos, nadie da charlas a los padres para que conozcan los videojuegos a los que juegan sus niños.

Y sirva un ejemplo. En una charla de padres con la tutora de uno de mis hijos surgió el tema de que los niños no eran respetuosos unos con otros. En concreto, una madre mencionó que repiten mucho un adjetivo que a ella le molesta especialmente: "pringao". Hablando del tema con un padre, resulta que se mostró de acuerdo. Cuál sería mi sorpresa al escucharle, cuando su hijo sé perfectamente que es un lector de la serie del "Diario de Greg", cuyo primer volumen se titula "un pringao total". Y me pregunto: ¿ese padre sabe lo que lee su hijo? A mí me da igual: creo que los de Greg no son malos libros, aunque preferiría otros. Pero claro, si no estás de acuerdo con algo que estás dando a tu hijo, la cosa tiene miga.

Entender lo que nuestros hijos consumen es importante. Hay padres obsesos del ejercicio que hacen sus hijos, los hay de lo que comen, de lo que aprenden cada día... Pero luego hay muchos que van a Game y miran la caja de del videojuego que les ha pedido su hijo como si mirase una obra literaria en japonés, preguntándose qué será eso, y van y se lo compran. Con dos narices. Porque sus compañeros lo hacen. O porque su hijo dice que sus compañeros lo hacen. Pero oye, pensará el padre que su hijo está bien educado, por no decir que es perfecto, y sabrá lo que consume.

Con dos narices.

martes, 10 de mayo de 2016

Europa

Ayer fue el Día de Europa. En todas las noticias y periódicos lo celebraban hablando de la situación actual de la Unión Europea, que no atraviesa precisamente su mejor momento. Yo he escrito algunas veces sobre mis sentimientos hacia Europa, pero nunca sobre Europa en sí misma. Me considero más europeo que español, y más español que de tal o cuál provincia, cosa que la verdad no me mueve lo más mínimo. Soy de los que, cuando habla con un norteamericano, prefiere decir que es "de Europa", igual que ellos dicen que son "de Estados Unidos". Y, del mismo modo que yo pregunto de dónde son más concretamente para saber si vienen de Ohio, California o Florida, espero que ellos hagan lo mismo para saber si soy Español, Francés o Alemán.

Huelga, pues, decir que yo creo en Europa. Por desgracia, igual que no creo mucho en esta España, tampoco lo hago en esta Europa. Ambas tienen que evolucionar.

Todos los inicios de siglo, especialmente los que llevan a un inicio de edad, se caracterizan por grandes cambios tecnológicos y sociales. Todos, sin excepción, se resuelven gracias a la innovación, ésa que tan lejos nos queda ahora. Por alguna razón, no sé si psicológica o qué, la sociedad de fin de siglo espera algo del nuevo: vive con una esperanza diferente. Eso le lleva a soñar, exigir y moverse en favor de cambios. Así que la sociedad los impulsa y ocurren.

El final del siglo XIV se caracteriza por el auge renacentista y el inicio de la Edad Moderna: descubrimiento de América, imprenta, revolución de los precios... A finales del XVIII y principios del XIX, las revoluciones constitucionales: Estados Unidos, revolución francesa, expansión del pensamiento ilustrado. A finales del XIX y principios del XX, la segunda revolución industrial lleva al sindicalismo y las ideas anarquistas y comunistas. Y ahora vivimos el final del XX e inicio del XXI, con toda una serie de cambios tecnológicos, ideológicos, culturales y sociales que aún vivimos y hacen entrar en crisis a todas las instituciones.

En esos momentos de grandes crisis, las naciones que lideran cambios en favor de las inquietudes sociales suelen ser las que lideran el siguiente periodo. Por ejemplo, España mantuvo un papel preponderante en la Europa de principios del siglo XV, creando una administración totalmente diferente a lo que se había visto hasta entonces: inventamos la burocracia actual. Puede parecer que fue un gran error, porque hoy la burocracia la consideramos algo muy negativo, pero en su momento era el no va más de la gestión administrativa. Hoy es un sistema caduco y habría que cambiarlo. Pero entonces fue revolucionario. Y lideramos el siguiente siglo (de hecho, los dos siguientes). Éramos innovadores: hicimos la primera carta de derechos, concretamente para los indios; creamos la unidad militar más potente del momento, imbatible durante más de un siglo y medio; inventamos la administración moderna, y dictamos las modas, tendencias y gustos de toda Europa durante 200 años.

En el cambio del siglo XVIII al XIX, Estados Unidos y Francia pasan a ser las primeras democracias del mundo, aunque Reino Unido tenía ya un sistema similar. No es casualidad que Francia y Reino Unido sean las dos grandes potencias del siglo, y que Estados Unidos, poco a poco se alce frente a las naciones europeas.

En el cambio del XIX al XX, Reino Unido lidera todas las revoluciones, dotando de derechos a los trabajadores tras grandes crisis y movimientos obreros. Allí y en Estados Unidos surgen nuevas formas de sociedad, innovadoras e industriales, organizadas en favor del trabajo capitalista moderno que todos en occidente vivimos hoy. Que todos vemos como negativas, pero eso es porque hoy ya no funcionan igual: están viejas y hay que cambiarlas. Ambas son las grandes potencias del siglo, junto a la Unión Soviética, que encuentra sus propias soluciones a los mismos problemas, y Alemania, recién nacida por aquel entonces.

Las naciones jóvenes, más propensas a ser innovadoras, y las sociedades que no tienen miedo a adaptarse a los cambios y buscan en la innovación las soluciones a los problemas que tiene su época, son las que lideran el futuro cercano.

Y eso es lo que no me gusta en España ni en Europa. Todos en España queremos cambiar, pero nadie da recetas nuevas. Y lo mismo pasa en Europa. Este es un periodo de grandes cambios, de exigencias sociales como no vivimos desde hace unos 120 años. Y no estamos a la altura. Todos sabemos que el sistema administrativo, burocratizado, está caduco, pero nadie ofrece en su programa político algo nuevo, como un sistema extremadamente informatizado. Todos sabemos que el sistema político parlamentario bicameral no gusta en España, pero nadie ofrece una toma de decisiones drástica, como crear un sistema presidencialista unicameral donde se aúnen representación de población y territorial. Lo mismo pasa en Europa: los europeos en una gran mayoría votaron que "no" a esa constitución chapucera a más no poder, pero la impusieron y ningún ciudadano de a pie sabe cómo funcionan las instituciones europeas al detalle, porque son un follón de primera. Todos sabemos que hay problemas en legislación laboral, en el sistema educativo... Pero no hay soluciones innovadoras: todas son retoques de lo que hay.

Europa muere de vieja. Así de simple. Y España también. Mueren ambas de cerrazón, estrechez de miras y falta de innovación. Llegará pronto, porque las revoluciones nunca van mucho más allá de la segunda década del siglo, una nación que se asiente sobre nuevas formas de hacer política, de administrar y educar. Y no tiene pinta de que logremos ser nosotros. Nos toca este siglo estar a la cola, menuda faena. Así son las cosas en el mundo de las absurdas discusiones sobre cómo gestionar un sistema que está muerto.

Así es Europa. Y así también España.

viernes, 6 de mayo de 2016

¿Sabe la gente cuánto ganas?

Hace algunos años ya, más de diez, un compañero de trabajo y yo tuvimos una interesante conversación sobre las negociaciones con los jefes referente al salario de uno: pedir una subida o no, cuánto pedir cuando se va a un trabajo nuevo... Uno de los problemas es que a uno le falta información sobre lo que se gana, en general, en un puesto para el que va a ser contratado. Hay webs y sitios donde esto aparece, pero se basan en estadísticas donde, tal vez, se participa más cuanto más se gana, lo que desvía al alza los datos. Independientemente de eso, la conversación cambió mi vida por una simple cosa: me dijo cuánto ganaban él y nuestro jefe.

En Finlandia, Suecia y Noruega, lo que tributan los ciudadanos es público

Que él dijese cuánto ganaba está socialmente mal visto. Que diga lo que gana el jefe, peor aún, claro. Sin embargo, siempre me he preguntado por qué. La razón, supongo, es que es un sentimiento común el rechazo a que los demás sepan algo así de uno, ya sea porque consideramos que ganamos poco, así que preferimos que no se sepa, o porque ganamos más, y decirlo puede sonar a lucimiento personal. Sea como fuere, no está bien visto socialmente.

Y estoy en contra. A mí me ayudó mucho, y en las dos negociaciones siguientes para nuevos puestos de trabajo casi dupliqué mis ingresos. Que otros compañeros en puestos similares al mío sepan lo que gano creo que puede ayudarles, como a mí saber lo que ganan ellos. Si gano más, ellos sabrán que pueden mejorar y negociar mejor. Si es al revés, lo sabré yo. E, independientemente de eso, el que más gana tendrá una inyección de moral. Y si ganamos lo mismo, sabremos que podemos sentir que ganamos lo aparentemente justo o, cuando menos, lo que el mercado parece establecer.

Todo esto viene a que, en el mundo, yo no lo sabía, pero hay cuatro países que han hecho públicas las declaraciones tributarias de sus ciudadanos. Son Finlandia, Suecia, Noruega y... Pakistán. En Noruega, concretamente, se puede ir a una web y buscar cuánto ha tributado otro ciudadano cualquiera. Eso sí: desde hace dos años las búsquedas también son públicas. O sea, que si yo busco lo que gana alguien, ese alguien lo sabrá.

Y me parece maravilloso. Imaginen que se hacen públicas las finanzas de todos los españoles. ¿Qué consecuencias tendría? Pues, según mis conclusiones y las de varios estudios basados en la experiencia de Noruega, Suecia y Finlandia, las ventajas son muchas:

  • Los trabajadores pueden saber cuánto gana gente que trabaja en lo mismo que ellos, mejorando su satisfacción por un buen sueldo o dándoles argumentos para reclamarlo.
  • Estadísticamente, la felicidad de la gente en estos países ha aumentado, sobre todo en las rentas altas.
  • En estos países, la evasión fiscal se ha reducido tras la implantación de cuentas públicas.
  • Permite que haya servicios que aporten datos sobre salarios y rentas basados no sólo en encuestas, sino en datos fiables y completos.
  • Es un punto crucial en la transparencia de cuentas de los políticos y altos cargos de la Administración.

Así pues, ¡promovamos unas cuentas públicas! Si gana poco, le vendrá bien para saber lo que puede lograr. Si gana mucho, su satisfacción personal mejorará notablemente.

viernes, 29 de abril de 2016

La Guerra del Rey Ludd

En tiempos de Napoleón, hace ya algo más de 200 años, el mundo vivía la primera revolución industrial, la de la máquina de vapor. Una de las primeras industrias en "disfrutar" de la industrialización fue la textil. Mucha gente en Reino Unido vivía de la lana, cardándola en sus hogares o fabricando telas en pequeños talleres. Las máquinas, esa estratégica esperanza para mejorar la productividad, eran también una amenaza para toda esa gente. Fue entonces cuando un obrero, presumiblemente apellidado Ludd, temeroso del destino de sus vecinos y amigos, saboteó máquinas en una factoría. No se sabe mucho de aquel hecho, pero sí que hizo que se levantasen muchos obreros para protestar contra la industrialización. Entonces nació la figura, mitad real mitad leyenda, del llamado Rey Ludd o General Ludd.

El problema nunca fue la tecnología: fue la adaptación de la sociedad a esa tecnología. Como siempre, la gente que más sufre es la menos preparada. Y, como siempre, los menos preparados son los que menos recursos tienen. Se supone que hoy, que existe la educación pública y todos en nuestro país tenemos una educación mínimamente buena, esto no debería ocurrir. Pero ocurre. Peor: ocurrirá de nuevo.

Vivimos la cuarta revolución industrial. En Alemania llaman a eso la "Industria 4.0", y tienen un plan estratégico para que las empresas vayan adoptando tecnologías punteras en sus procesos. En España también tenemos planes parecidos. No tan buenos, a mi modo de ver, pero parecidos. Sin embargo, no nos damos cuenta de que esa tecnificación exige nuevos profesionales y mentalidades que no estamos promoviendo en absoluto en nuestra educación. El problema no es que la industria se adapte: lo hará tarde o temprano. El problema es que, si para cuando lo haga, no hay profesionales capacitados, los de siempre sufrirán las consecuencias.

Según un informe de la Unión Europea, el 84% de los españoles piensan que los robots quitan trabajo a la gente. Exactamente igual que les pasó a los seguidores del Rey Ludd hace 200 años, ese 84% está equivocado. Los robots y, más aún, la inteligencia artificial, ayudarán en nuestros trabajos y, además, crearán todo un abanico de posibilidades entorno a las que se generarán nuevos tipos de trabajo.

A mi modo de ver, un problema grave es que solemos pensar que preparar para el mundo laboral es cosa de la universidad o la formación profesional. Y eso no es del todo cierto. A esa etapa educativa, los chavales llegan con una formación. Y, créanme, hay mucha diferencia luego entre un alumno que ha sido bien formado previamente y uno que no. Y, antes de la universidad, los chicos tienen que elegir carrera. Un alto porcentaje se equivoca y cambia tras el primer año. Hay muchos que escogen por motivos que nada tienen que ver con sus gustos, porque son jóvenes para saber qué quieren hacer. Y uno de los motivos es que hay muchísimas cosas sobre las que no tienen ni idea. Especialmente, las ciencias. Más específicamente, la tecnología.

Los políticos no tienen ni papa de tecnología, lo que es un fallo de diseño de nuestra forma de gobierno, porque jamás le prestan la atención necesaria y son incapaces de ver lo que demanda el futuro. Los profesores, siento decirlo, pero tampoco. No lo son muchas veces en la universidad, así que imaginen en el colegio. La enseñanza de las ciencias la considero muy mala en general. Entre otras cosas, porque lo más bonito en la ciencia es la búsqueda de respuestas, y en el colegio lo que hacen es dártelas y obligarte a aprendértelas. Si quieres buscar algo, te vas al patio a ver si hay lagartijas. Y si quieres aprender tecnología, con suerte, harás un pseudo-programa para llevar un robot de un sitio de la pantalla a otro. Útil, muy útil. Eso es dar sentido a la tecnología.

Así que los chavales llegan a la universidad eligiendo lo que les gusta. Y lo que les gusta es lo que les gusta usar, como los videojuegos, no lo que les gustaría hacer profesionalmente. Porque en todo el colegio no han visto nada relacionado con lo que realmente harán: ni la ciencia es ciencia de verdad, ni la tecnología es tecnología de verdad. Y al año de estar en la universidad y ver de lo que va la cosa, se cambian de carrera. Y, si no se cambian, acabarán teniendo un título y trabajando de algo totalmente diferente (normalmente tecnológico), después de aprender dándose de morros contra la realidad y los ordenadores. A los 40 echarán de menos hacer algo que les gusta y a los 50 asumirán que no quieren eso para sus hijos. Por desgracia, para entonces sus hijos ya estarán casi en la universidad, discutiendo con sus padres porque quieren aprender a hacer videojuegos, algo que sus padres saben que realmente detestará, porque jugar y programar no es lo mismo y su hijo no ha visto una línea de código en la vida. Y vuelta a empezar.

Lo que omito en esa historia algo exagerada es que, encima, algún otro país, como China, India o Estados Unidos (en todos ellos se promueve la enseñanza de computación en el colegio) estará formando a toda una generación de chavales que estarán orientados a la tecnología desde que son críos. Y cuando una empresa tenga que decidir entre nuestro hijo con título de derecho que sabe algo de robots porque no le ha quedado más remedio que aprender algo de eso y un chino que lleva toda la vida jugueteando con maquinitas programables, elegirá al chino, salvo que haya políticas proteccionistas. De esas políticas que con la globalización tienden a desaparecer. Sí, esas políticas. Contra las que volverán a levantarse el Rey Ludd y sus colegas, nuestros hijos.

Hay quien sostiene que en el futuro, el 65% de los trabajos serán de una naturaleza tan diferente a los actuales que no se han inventado aún. Creo que son algo exagerados, pero no deja de ser ilustrativo de cómo irá evolucionando el mercado laboral. Lo que no dicen es que esos trabajos no serán para nuestros hijos, porque no estarán preparados. Creemos que sí: les vemos manejar tan bien un móvil o un ordenador que pensamos que "traen todo eso de serie". Pero es mentira. Están más familiarizados con la tecnología de lo que lo estábamos la mayoría a su edad, pero no sólo no saben nada de cómo funciona esa tecnología, que es lo que les dará trabajo, sino que, gracias a que no tienen ni idea de su funcionamiento, no serán capaces de adaptarse a la tecnología que viene: la inteligencia artificial.

La inteligencia artificial está aquí para quedarse. Una gran parte de las pequeñas tareas repetitivas que hoy hacemos puede hacerlas una máquina. Desde llevar mercancías en trenes o camiones autónomos hasta limpiar edificios o reparar carreteras. Pero, más aún, trabajos creativos como escribir artículos en prensa o maquetar revistas o páginas web tendrán ayuda de inteligencias artificiales. Saber trabajar con ellas será fundamental. Y, si se quiere tener trabajo, aprender a prepararlas y diseñarlas, también.

Yo tengo la suerte de conocer el mundillo, trabajar en él y saber bastante para enseñar a mis hijos lo que debería enseñar el colegio. Pero muchos otros no. No se trata de que no tengan futuro o no vayan a encontrar trabajo. Y tampoco es que vayan a terminar en el arroyo. El problema es que lo tendrán más difícil y, si nadie se pone las pilas y empieza a instaurar en el sistema educativo (si es que acabamos teniendo alguno estable) algo de formación tecnológica de calidad, esta generación tendrá un problema frente a los chinos, indios o japoneses que vengan porque aquí les pagan por hacer lo que nosotros no les enseñamos. La UE lleva tiempo advirtiendo que prevé que habrá escasez de profesionales tecnológicos en breve y que deberemos importarlos de, sobre todo, la India. En Estados Unidos, Obama tuvo una de sus primeras reuniones con altos directivos de empresas tecnológicas para preguntarles por qué no fabricaban sus productos en Estados Unidos. La respuesta unánime fue que no tenían profesionales suficientemente cualificados. Allí, el problema ya es una realidad, y hay organizaciones que tratan de hacer obligatoria la educación básica en computación.

Nuestros hijos sobrevivirán. Igual tienen que protestar contra las previsibles aperturas del mercado laboral a extracomunitarios o deben sublevarse contra el uso de robots en fábricas, pero sobrevivirán, claro. Pero que lo hagan combatiendo junto al Rey Ludd o estando preparados es cosa nuestra.

martes, 19 de abril de 2016

Ciencia Ficción

De los numerosos canales de YouTube a los que estoy suscrito, uno es ExpCaseros. Pese a sus grandes defectos -porque hay cosas del canal con las que francamente no puedo-, es un buen lugar donde obtener inspiración para hacer experimentos con los niños. Hoy han publicado un vídeo que me interesa poco o nada. Pese a ello, lo he visto porque, simplemente, suelo tener como disciplina ver los vídeos de mis suscripciones: siempre se puede sacar algo.

El vídeo de hoy son 50 cosas sobre su co-presentadora: Natalia. Natalia y Mayden son los dos presentadores del canal. La chica ha contado la torta de cosas y, confieso, me ha sorprendido agradablemente su pasión por el conocimiento y lo nuevo. No sé por qué, pero suelo asociar a los chavales en la veintena con una enorme falta de ganas por aprender. Absurdo: un completo prejuicio. Lo sé.

Y sí: de todos los vídeos se saca algo, como un temita para un post. Natalia ha dicho una cosa que me ha dejado en modo "WTF": "no me gustan los libros de ciencia ficción: prefiero los que me enseñen algo para la vida real".

A ver...

Pero vamos a ver...

¿¡Qué puñetera manía tiene la gente en considerar que la ciencia ficción es una inutilidad!?

Puedes considerar que de la ficción (futurista o no) no se aprende nada. Es un error, pero bueno: puedes. Lo que no se puede pensar es que, porque la acción tenga lugar en el pasado, el presente o el futuro tiene mayor o menor valor didáctico. No sé: a lo mejor sólo se aprende de cosas que tengan que ver con la vida diaria, actual. Entonces, pasamos de Cervantes y Shakespeare porque de ellos no se aprende nada.

Que a la gente no le guste la ciencia ficción me parece perfecto: para gustos, los colores. Que no les guste porque no es útil, no enseña nada, no tiene que ver con la realidad o chorradas por el estilo, no, amigos, eso no.

La ciencia ficción, en contra de lo que piensa la gente, considero que es un género extremadamente útil. Las novelas sobre el pasado, bien escritas, ayudan a conocerlo. Y conocer el pasado es ayudarnos a conocernos y entender el presente. Las novelas del presente ponen de manifiesto situaciones en las que a veces no reparamos, y ayudan a denunciar y entender cosas que no deberían estar ocurriendo. Las novelas sobre el futuro ayudan a preverlo y a no pegarnos una buena bofetada como civilización y especie.

Si la novela de ciencia ficción no hubiese dado vueltas al tema de lo que puede pasar si un día tenemos robots y sobre lo que pasará si las máquinas llegan a tener conciencia de sí mismos, ahora mismo estaríamos tan contentos, ensimismados con la posibilidad de fabricar maquinitas cada vez más potentes y serviciales. Pero sabemos a ciencia cierta que en un futuro cercano habrá que tomar decisiones serias sobre la inteligencia artificial, y gran parte de lo que hay ya pensado y comprendido sobre el problema se debe a la ciencia ficción.

Nuestra especie se ha enfrentado a muchos retos a lo largo de la historia, y el futuro está lleno de muchos más. Pero algunos de los que están por llegar pueden ser puntos de inflexión que nos lleven a crecer de manera inimaginable o a, simplemente, desaparecer. De todos esos retos somos conscientes gracias a la ciencia ficción. Cada novela sobre el estallido de un megavolcán, la colonización espacial, la llegada de robots inteligentes, aparición de alienígenas, es una aportación a una enorme "mesa redonda" de la humanidad sobre su futuro, sus amenazas y oportunidades. Y ese diálogo en busca de soluciones tiene un valor incalculable porque algunos de ellos están a la vuelta de la esquina.

Así que lean más ciencia ficción. Aprenderán mucho sobre la vida real... que está por llegar.